Juego de palabras

Al principio sólo estaba la palabra. Sonaba cual campana, dando vida como motor que propicia un abrazo, como coche o camión en un viaje estelar, como nube que transporta por un sendero empedrado que caminas sin zapatos, árbol al que llamar: casa.

Estaba ella y sólo ella, buscando el abrazo de otro amigo, una amistad en libertad, la libertad del que pide pan, se sienta a la mesa y aparte de eso recibe cervezachocolategazpacho, sandía, tomate, alcachofa y una Coca-Cola, y algún cacahuete, y alguna cebolla, bajo el calor de una chimenea que auxilia del frío. ¿Puro socialismo? Banquete de gula.

Se baña la palabra en la otra espuma. Pero a veces uno no hace pie en la piscina y se queda sin aire. ¿Quién es el guapo que nada cual rana (o pez, según veas) y como agaporni regresa a la tierra de la alfalfa y la amapola? Intenta escapar la palabra, y la realidad dice: ¡para!

Debajo del agua , el monstruo amarillo aterra cual suspenso. No sabe del sol, no lo ve ni en pintura, porque no tiene madre, que es como no tener luz. Digno de videojuegos, todo es psicodelia, y no entiende nada. Como un cipol. ¿Entiendes algo? Yo no. La vida que es zorra, llega sin presentación y nunca perdona, apresa con su herrete y tú no respiras. Así un mensajero que viene con cartas te mira y no puedes cogerlas. Ardor de domingo. Preso de la robótica en la mente: mecanismos oxidados y recuerdos antiguos que te hacen pensar: “what?”

Y es entonces, cuando uno que no tiene nada ni de ángel, ni de rubio, se encuentra por pura serendipia con la palabra y ambos escapan del agua, y se reconocen, la palabra suelta su primera palabra y grita “mamá“, y se hace el milagro. Muere entonces el monstruo bajo una katana de versos, excelente elixir ante todo lo que mata. Armonía de sonidos en un instante.

Te pronuncio, te vas, me enamoro de ti, palabra, y Extremadura entera me escucha expectante cantar tu canción:

ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan…

MuseScore2-2

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Depredadores

La noche es el refugio de los que no tienen nada que temer. La biodiversidad aumenta de forma vertiginosa, creando vida donde antes sólo había ideas queriendo ser vida.

Me tumbo en la cama, incubando recuerdos. Se llena de buitres la sala y yo me adormezco (pero no demasiado). Cabemos todos, y se hacen pequeños. ¿Quién lo diría, que estamos a Junio y parece el invierno? Me miran, con nombres y apellidos: me encuentro desarmado. Tumbado en la cama me cierran las puertas dos ojos cerrados que no pegan ojo. Maldita miseria quererse dormir tan cansado de todo, que pueda el cansancio y un simple alfiler sobre tu cabeza te diga: “no hay modo”.

Y yo no me rindo y cierro los ojos. Pero mueve la ficha el primero que puede y choca su pico contra mi cabeza, tan sólo acaricia, pero me hace daño. Me rasco y me vuelco, no hay más de seis horas hasta que despierte. Golpea en el sitio y un río de sangre que fluye en mi mente se hace más grande y llega hasta el suelo.

Y yo no me rindo y cierro los ojos. Los abro de nuevo. Y recuerdo ese viejo recuerdo que no es tan lejano, al ser tan felices, tan grandes, eternos. Sin darnos cuenta todo era infinito, en un breve espacio de nuestra cabeza. Me ven desarmado los depredadores, por eso me atacan: no son más valientes, ni yo más cobarde. Es sólo de noche.

Y yo no me rindo aunque lo parezca. Sujeto un cuaderno y preparo la hoguera, tensando una cuerda con nudos de letras. Se acerca el primero y yo lo despisto. Me escondo tras varios morfemas que huelen a tinta, aunque no me importa. Dibujo una linea tan curva, que si dijera que cortaba no me creerían. Dominan el cielo y las habitaciones, pero caen como moscas al olor de la tinta, aunque no sean todas. Algunas esperan a que me duerma por si prueban algo, hasta la noche siguiente que pillen en jaque al joven viajero.

Y yo no me rindo y abro los ojos, apago la alarma, la vida es eterna en cinco minutos, los cierro y los abro, despierto,

no hay nadie. Estoy solo.

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Autocensura

La palabra es una espada, y a la entrada del mundo un cartel reza: “no se admiten armas”. Detectores de metales que no pitan si la palabra no pincha ni corta la piel o la cabeza, donde hombre callado es hombre desarmado.

Me escapo del censor, que pixela mis pensamientos, como quien pone puertas al campo o bordes al océano, pero lo intenta, y a veces lo consigue. Mis pensamientos son esquivos, saben qué quieren ser de mayores y en ocasiones vienen a mi cuarto cuando tienen miedo. No tienen maldad, pero si los tocas pueden llegar a explotar, y con ellos un servidor que los acoge. Fugitivos huidos que llegan a una casa, y dueño de la casa que sabe que si ellos caen, él cae.

Tal vez por ese miedo a veces me pongo el uniforme de censor, persigo a mis pensamientos y me esfuerzo en no pensar lo que no debo, y en no sentir lo que no debería sentir, no sea que me detengan, o me detenga en el camino que sigo. Sufrir la censura en la cabeza es batallar contra ese hombre triste de bigote y uniforme que dicta lo que debes sentir, lo que debes pensar, cuándo y con quién.

Es por esto que, mis pensamientos y yo, hemos decidido levantarnos en armas contra el censor que habita en mi cabeza,

a ver si de una vez por todas a uno no lo encarcelan por lo que siente.

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24601!

He tardado tiempo en entender porqué cada persona tiene un nombre. Me refiero a ese nombre que te ponen tus padres, o el que te ponen tus colegas de clase o tus hermanos. Ese nombre con el que te identificas y forma parte del conjunto de cosas que te hacen parte de ti mismo.

Hace cerca de seis años conocí el musical de Les Miserables, adaptación de la obra de Victor Hugo. Desde entonces, pasó a formar parte de ese baúl de cosas que descubres y guardas bien adentro por si hacen falta después. Hay escenas que me marcaron de tal forma que siempre he querido que ocuparan un espacio aquí.

Escenas como aquella en la que Jean Valjean, el protagonista de la obra se reencuentra con Javert, policía obsesionado con atraparlo después de que pasara diecinueve años en prisión por robar un mendrugo de pan, y escapara para rehacer su vida. Tanto Valjean como Javert conocían de sobra el número de preso con el que cargó tantos años: 246011, y no duda nunca en llamarlo por ese nombre. Javert confunde a otro hombre con Valjean, lo arresta, y es justo en este momento donde comienza lo interesante.

Valjean se plantea si revelar quién es para liberar a un inocente, o seguir ocultándose como alcalde de Montreuill para no condenarse: ser Jean Valjean o 24601. Todo este tiempo me he planteado qué haría yo: si renunciar a lo que soy para no sufrir, o mostrarme realmente, a pesar de mostrarme a tantos Javerts que me persiguen.

No es fácil defender la identidad, y remar contracorriente cuando la corriente es fuerte. Mostrarte como eres con el riesgo de que te ataquen o te ignoren. No es fácil dar la cara cuando sabes que algo no está bien y mucho menos, cuando sabes que es por tu culpa.

Es por esto que el nombre es esencial, y la forma por la que quieres que te llamen. Es el medio por la cual, cuando te preguntan ¿quién eres tú?, puedes contestar:

Soy yo, y aquí estoy.

 


1. En la obra original de Victor Hugo, el número de preso es 24601, mientras que en la adaptación al castellano del 25 aniversario, el número es 23623.↩

 

Con cara de tonto

No sé qué fue primero, si el hecho o la reacción. Si se inventó primero la alegría o la sonrisa; el odio, o la lengua atrapada por los dientes. A día de hoy no tengo claro si los gestos los inventamos para que los otros supieran lo que sentimos, o como maquillaje de lo que llevamos dentro.

No lo sé, para qué engañaros. Suelo dedicar siete octavas partes de mi vida a intentar mostrarme indestructible e inmutable ante la realidad: como leviatán que no cambia si le atacan cientos, o como el excelentísimo Twitter de Eme Punto Rajoy. Suelo intentar hacer ver que nada me afecta, y que si me afecta, lo controlo. Ahí me quedo: el superhombre con su supervida, y su superfuerza con su supertodo. Uno que de no querer mancharse no toca el suelo, y de no tocar el suelo no sabe dónde se encuentra.

Pero la cara inmutable caduca, por fortuna. Los músculos que aprietan los labios en caras forzadas, esos que saben de poker, se agotan cuando llega la verdad. Te dan la nota que no esperabas, el terapéutico cuatro con cinco que sabe sobretodo a fracaso; recibes la noticia de una muerte; ha perdido tu equipo en casa.

Me refiero a esa cara de tonto cuando te acercas a la persona, y por ser la persona y no otra, tu cara no es la misma. Esa cara que indica que ese momento es diferente, diferente a cualquier otro momento. En ese instante todos los músculos que controlaban su pose vuelven al reposo, como quien tira al suelo una pesa de cien kilos que no puede controlar. Y así poco a poco la cara de tonto: ojos en ninguna parte, entrecerrados, orificios nasales abiertos, piel del color de un petit suise de fresa, y esa característica sonrisa de boca cerrada.

Podría perfeccionar mi cara de poker y seguir fingiendo que no me pasa nada. Podría montar una escuela de cómo gesticular la mentira, o pulir más a fondo el suelo para que pareciera que todo me resbala.

Aún así prefiero esa cara de tonto, y que tú la veas.

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Huecos

A día de hoy sigo sin entender a quién se le ocurrió la genialidad de poner nombre a algo vacío. Pusimos nombre a los hoyos, inventamos (si es que no existía desde siempre) el número cero, el conjunto vacío, la nada, las hipotecas, o los huecos…

Nombrar cosas sin contenido parecía para algunos la más excitante de todas las tareas, porque ¿cómo señalar algo que nadie ve pero todos tienen delante? Lo aparentemente vacío se define por lo que lo rodea, como el silencio sincopado de esa nota de blues que pone los pelos de punta, o los fines de semana en tiempos de caos. Es diferente a lo demás, y por ello se distingue, hasta asustar en ocasiones.

El hueco de la estructura se tapa, como el chico diferente de la clase, o la grieta en la pared. Se tapa a los que piensan diferente, a los que arañan el sistema, a los que abren brechas en las murallas entre las personas. Puertas invisibles que me hacen pasar de donde estoy yo a donde estás tú.

Tras pasar toda mi vida tratando de cerrar mis huecos me doy cuenta de que me hacen ver lo que hay dentro de mi. Llueve y me mojo por dentro, lloro y se moja el asfalto. Me lees, llegas a mi y no se rompen mis cimientos. Reconozco que cuesta reconciliarse con los huecos, pero cuando lo hago entiendo tus huecos. Tus firmes cimientos cubren paredes abiertas, y cada vez me asustan menos.

Quiero quitar ladrillos, sin derrumbarnos, que nos veamos, que hagamos juntos,

moradas nuevas.

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Lo real

A menudo me pregunto por las cosas, algo que comparto con las siete mil millones de personas con las que comparto dormitorio en este planeta. Me pregunto acerca de qué cosas puedo conocer, qué cosas existen y, en definitiva, qué es real y qué no lo es.

Me lo pregunto y en mi cabeza van apareciendo palabras que encadenadas dan lugar a frases: estoy creando realidad. Escribo lo que pienso con el teclado, mientras una vez más, las palabras que surgieron en mi cabeza se deslizan por medio de mis manos al documento en blanco, que deja de serlo al caer sobre este las palabras. La realidad creada en mi cabeza se hace perceptible en ese momento: se manifiesta. Lo mismo sucede con el pintor que traslada la idea en su cabeza al lienzo, o el músico que proyecta la melodía de su cabeza al pentagrama y de este a ondas sonoras que se hacen realidad en los oídos.

Llego a la conclusión que lo real no es sólo lo perceptible. Lo perceptible sólo es el ultimo paso de lo real. El matemático que escribe sobre el papel: “sea A un espacio vectorial” o el que miente sobre lo que hizo la noche anterior, creando una realidad paralela capaz de tener efectos sobre el mundo ¿real?

Después de tantas preguntas sigo sin entender si Neo se equivocaba. Si Matrix era real desde el momento en que el programador escribió la primera linea y la píldora tan sólo un salvoconducto para conocer nuevas realidades (pero no las únicas). ¿Es entonces la poesía una forma de crear universos que antes no existían? ¿Es esta una forma de proyectar lo que se ve en nuevas realidades y entender que no sólo es real aquello que se ve?

Comprendo entonces que estas líneas son creación mía, y que beben de lo que he leído, he sentido, he vivido y soy. Unas creaciones dan lugar a otras, y hacen del arte un bien fecundo. Me niego, por tanto, a pensar en obras estériles, que mueren sin dejar huella ni suelo que las aguante. Me niego a pensar que lo que escribo no pueda llegar a ningún sitio, ni que dé fruto en mentes ajenas: sangrando, latiendo o muriendo de frío.

Me siento creador de lo que escribo. Siento que lo impoesiable se hace posible con la poesía.

 

red