Sin regreso

Nunca creí en aquello que decían de que hay trenes que sólo pasan una vez. La vida y los acontecimientos sufren ese ciclo que nos permite coger la ola a la vez siguiente y disfrutar mañana del día que perdimos.

Aquella vez no fue así, y temblamos. Temblaron las vías, las mentes, los cristales, los periódicos y el mundo entero. Instantes que marcan el no retorno, que rompen las estadísticas y que condenan a las olas a no pasar de nuevo.

Aquella vez no fue así, y temblaron. El último tren no se esperó a la noche para pasar. Tampoco le avisó nadie de que este sería su último servicio. Diez tumores que albergaban este y otros tres. Tumores de cantera, de esos que rompen las piedras y las familias.

Y en Madrid, aquella mañana hacía viento de levante, del que perfora la piel. Cientos de individuos corrían hacia las jaulas de metal, que engullían uno a uno sus cuerpos. Sonó el disparo de salida, el que indica el comienzo de la carrera diaria. Puestos en posición, tres, dos, uno, y sonó el disparo de salida. Y después otro, y otro, y otro. Tras este sonido el del huracán, el de los cristales rotos, el de los cables asfixiados y los cuerpos en vuelo. Tras este, el sonido de la casa rota, de la carrera frustrada, del viaje que nunca sucedió, de los hijos en el cole, del último beso, de la ola que no vuelve, del tren que no pasa.

Aquella mañana una parte del mundo murió sin saberlo. El cáncer de goma se había propagado por las vías, destrozando los órganos principales y dejando sin riego a un país entero. Pero este país se levantó. Se levantó ante los provocadores, ante la mentira y la miseria. Este país herido de bala se levantó ante quien se toma la justicia por su parte. Este país se levantó por aquellos que ya no se iban a levantar.

Según los médicos, el paciente no murió al final. Porque olvidarle habría significado acabar con su vida, como quisieron hacer aquellos que siembran el miedo. Fue la opinión pública,  las familias en la calle, la música y el recuerdo imborrable los que hicieron que aquel día no se borrara del calendario.  El paciente vive, pero la casa sigue vacía, los planes rotos, y los no tan niños haciendo su vida con un plato de menos.

Sólo hagamos que su recuerdo no muera nunca. Porque cuando Madrid apagó las luces, el mundo entero se hizo de noche,

y ese frío, no es humano.

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Fronteras

Me han hablado de países más verdes que el mío, donde el caos de los semáforos, la hora punta y el humo no agotan a cualquier hombre. Donde el suspiro no es himno nacional y el llanto no riega las plantas. Me han hablado de países donde volver a casa es descubrir nuevos lugares, donde el tacto es el único pasaporte y tu mirada, la única frontera.

Me apresuro a tomar el tren, que recorre lo que alcanza un golpe de vista. Camino largo, unos centímetros que se hacen infinitos, y un maquinista que te advierte de los peligros de aquel viaje. A la entrada está el muro, el mismo que levantaron tantos sucios dictadores que temían los milagros. Y yo, sin papeles, me adentro en el juego del que llega a tierra desconocida. Trepo por tu espalda de alambradas, pierdo el equilibrio, me levanto. Llego a lo alto del muro que gobiernas y rozo con tu voz, que suena a concertina. Sangro un poco y recobro la vista, observo el paisaje y me pregunto si merece la pena continuar. Entonces salto de lo alto, me miras, me escondo, mientras esa luz de vigilantes gobierna la torre. Salgo a correr y entonces me escuchas: suenan las alarmas.

Y como tantas veces, emprendo el camino de vuelta, herido y cansado, sin llegar a  saber si escapé por no tener papeles, o por lo que dirías.

Seguro estoy de que llegará el día en que caigan las fronteras y viaje hacia tu cuerpo, que es el mío. Entonces no habrá pasos, ni aduanas, ni banderas, ni esa voz fría del que viaja sin papeles. Será tierra con tierra, y no un muro de vergüenza, hecho de ladrillos, acero  y miedo a lo desconocido.

Aquel día hablaremos la misma lengua, y podremos emprender la huida, pero esta vez, juntos.

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Vayan saliendo

Resulta inevitable, son las cinco y pico de la mañana y todo lo que podía pasar ya ha pasado. Encienden las luces del local y aquel hombre emparentado con la familia de los gorilas te invita amablemente a abandonar aquel lugar. Todo el mundo era consciente de que cerraría en algún momento, pero en la noche todo es difuso y, por lo general, el cuerpo aguanta menos que el despertador.

Y se acaba, se acaba la noche como se acaban los años, como se acaba este. Un año que te invitó con amabilidad a entrar él, aunque, al fin y al cabo, no había otra opción. Un año que te ha hecho distinto, sin perder lo que eres, que te ha hecho sangrar, que te ha hecho reír a carcajadas y, en definitiva, que te ha hecho. Se acaba el año, como la noche, y al día siguiente se llenan las calles y las redes de propósitos de año nuevo. Una suerte de resaca emocional, de aquello que la noche antes debiste de hacer y no hiciste, o aquel error que cometiste, porque era tarde. Ya sabes, llamar a las cuatro a tu ex nunca fue una buena idea.

Pero nos gusta hacer propósitos de año nuevo, porque queremos demostrarnos que nos importamos, que hay cosas que no nos gusta como están, porque queremos, porque podemos, aún sabiendo que aquel primero de Enero será igual. Pero no es igual, porque celebramos haber sobrevivido un año más a esta batalla que es la vida, de este viaje apasionante que no dura demasiado, pero si lo suficiente como para que merezca la pena brindar. Brindar con la familia, con los amigos, con los enemigos que te hicieron entender que esto iba en serio. Brindar contigo y para ti, porque vales, porque te has sido fiel una vez más.

Mucha gente se imagina el principio del año como un libro en blanco que comienza por la primera página. Y está bien, si no fuera porque aquello que te espera depende en gran parte de cómo lo recibas, de los errores que te han llevado hasta ese punto, de lo aprendido, de lo olvidado…  Pero en lo que no se equivocan es en que aquello que llega no lo conoces, y sólo por eso, ya merece la pena brindar.

Y llegará, dentro de un año, el día en que te toque salir de la sala una vez más, porque el tiempo tiene prisa y no pide permiso para pasar.

Pero, mientras tanto, bailemos.

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Una palabra

Se hace tarde y el otoño duele. Quiero correr y algo por dentro me frena. Será el paso del tiempo, tu ausencia, o la maldición de no encontrar la palabra que busco.

El destino huye de mi y yo, persigo la gloria que narraban los antiguos. Partir de ciudades sin memoria en busca de tesoros infinitos.
Recibo denuncias, acoso al diccionario y él me increpa mi falta de paciencia.
Escribo para mí y los que me leen, más primero para mí y no es por descortesía.

Descortesía a las corrientes, a las modas, a la radio fórmula de poetas que acampan nuestro tiempo, a los cuarenta principales de la prosa. Gente con fortuna y soledad a partes iguales, donde el verso fácil es espada. Donde me reflejo y vuelvo tantas veces sin quererlo.

Tras el letargo regreso a casa, y si las veis no cambiéis de acera. Estas sílabas no muerden pero sienten, no gritan pero saben demasiado, son vergonzosas pero a solas cuentan maravillas.

Se me escapan a menudo y sin quererlo, cada una por su lado, y a algunas hace años no las veo. Pero sé que me vigilan desde lejos, a cada paso, a cada palmo, a cada verso. Se ríen de mi y otras veces se sonrojan cuando hablo de ellas, como el padre que presume de sus hijos y enseña a los demás lo que hacen en la escuela. No gustan a todos, pero tocan a algunos, y para entonces ya no me pertenecen.

Pero no os asustéis si las perdéis de vista, o parece que no suenan bien, o sucias, o algo cansadas.

No están perdidas… Solo buscan la palabra perfecta.

Esta entrada no es lo que era

Las cosas cambian con el tiempo, es ley de vida. Si algo no cambia, probablemente no exista (podríamos exceptuar la política española reciente o la estupidez humana, pero eso nos ocuparía una entrada entera).

Cambian las cosas de forma, cambia el dinero de manos y los astros de sitio. Cambia el tiempo, crecen las plantas, se estropean las máquinas,  se acaban las canciones y mueren las hojas. Despiertas una mañana, eres algo mayor, tu pelo ha crecido y sin dudarlo, tus ganas de dormir serán mayores que anoche al acostarte cuando dabas vueltas en la cama.

Hay cosas que cambian poco a poco, y otras que suceden sin esperarlo. En esos momentos, la vida no te regala los cinco minutos de cortesía que te da el despertador. Pierdes el trabajo, cambias de casa o aparece la enfermedad. Y llega el “quien me ha visto y quién me ve”, y arrancar una página en el cuaderno de ruta, y escapar sin destino siguiendo el camino de la veleta.

Siento decirte que se acaba eso de escuchar que “ha llegado a su destino”, porque el destino es el sitio del que partes, porque cambia en cada momento. Y la gente que dijo estar a tu lado se va, y vienen otros. Y esa persona que dijo estar contigo toda la vida se va tambien, dejando paso a algo distinto, tal vez mejor.

No pretendo decirte que haya cambios buenos y malos, deseables o indeseables, sino cambios aprovechables y otros que no. Ya decía Darwin que no sobrevive el más fuerte, sino aquel que sabe adaptarse al cambio. Porque el cambio alivia el aburrimiento, porque la vida sin movimiento resulta insoportable, y porque no quiero vivir lo mismo todos los días de mi vida. Porque quiero ilusionarme con encontrar novedad en cada momento.

Y de ese miedo irrefrenable al cambio he tratado tantas veces de atarlo todo, de evitarlo: de evitarme. Atarme al mástil de proa por miedo a las sirenas, guardar esa palabra por miedo a que todo cambiara y no lanzar gritos de protesta en defensa de algo mejor, porque creedme, a veces he encontrado placer en la absurda sensación de las cosas que no cambian.

De lo que sí estoy seguro, es de que no cambiaría por cualquiera. Cambiaría por quién me quiere como soy, por quien me acompaña, por quien no quiere que cambie, por quien me importa. Porque no hay mejor manera de vivir los cambios que junto a aquellos que saben cómo eres en el fondo, aunque cambies.

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El país en el que vivo

A veces pienso, aunque suene a paradoja, que el patriota no es profeta en su tierra. Creo que es posible amar un lugar aunque a veces no se porte como te gustaría, o se olvide de hacer los deberes, o te muestre su peor cara. Porque te dio la vida, te ha cuidado y te hace aquello que eres hoy. Por su historia, por sus costumbres, por ser como es.

Me gusta España. Me gusta la España de Garcilaso, la de Miguel Hernández y de Machado. De Séneca, de Dalí, de Nadal. También la España de Goya, de Ortega y de Picasso, de Averroes, de Sabina, de Servet, de Camarón o de Suárez.

Me gusta la España de Isabel, la de Pardo Bazán, y la de Teresa de Ávila. La de Elisa, de la Latina, la de María Zambrano, de Lina Morgan, la de Rosalía y por encima de todo, la  de aquellas mujeres que en la sombra hicieron tantísimo por el país en el que vivo.

Me gusta la España del Quijote, del toque por Fandangos, la Sevillana y la Jota. La tortilla, el aceite, el buen jamón en buena mesa, las croquetas de mi madre.

Me gusta la España de mis padres, amigos y hermanos. Y también, aunque a veces me pese, me gusta la España de mis abuelos. Creo que en un país nunca deben luchar hermanos contra hermanos, en nombre de nada ni de nadie y espero, que no volvamos a cometer tales errores. Me gusta la España que te abre los brazos, que te invita a volver, que te saca algo para picar cuando llegas de viaje. La España trabajadora, la que lleva a su familia adelante y no deja que nadie se quede atrás.

Me gusta una España tan rojigualda y a la vez de tantos colores. Me gusta que se respete mi opinión y pueda expresar lo que pienso sin que haya alguien que lo evite por el simple hecho de no gustarle. Donde se defienda la palabra, la cultura, el buen gusto, el buen arte y sobre todo el servicio a quien no tiene. Quiero aprovechar para lanzar un grito por esa España que me gusta y tantas veces no se respeta por intereses o porque no se cree importante. Estamos en un momento de la historia donde no podemos dejar de lado tantas realidades que entran dentro de la propia dignidad y vida de las personas: gente que no tiene para comer, que pierde su casa y trabajo, y gente que ve como sus súplicas se amontonan en la mesa de un juzgado.

Porque también me gustan los Españoles, y ¿porqué no?, también aquellos que no lo son, pero llegan y se sienten como tales. Porque España es choque de culturas. España es judía y es musulmana, se emociona con la Esperanza de Triana y sabe bailar chotis. Es canaria y mexicana, es china, y sí, también es catalana. España nace en Bogotá, en Santiago de Chile, en Haití, en Bucarest, en Lisboa, en Moscú, en Tánger y en Nueva Delhi. España es de aquellos que lo forman, y de aquellos que se van pero la tienen en su corazón.

España es Extremadura, y olé, porque no podía quedarme sin decirlo.

España me ha dado el Castellano, y el Castellano me ha dado estas palabras. Me gusta su sencillez, su hondura, su habla castiza, sus dialectos, su precisión, su amplitud, su belleza. Me ha dado el idioma de la fiesta, de la glosa, de la seguidilla, de la movida madrileña, de la Constitución, de Cervantes, de la Zarzuela, de Lope y de la Codorniz. El idioma de García Marquez, de Silvio, de Atahualpa, de Victor Jara, de Borges y de Cortazar. Porque el castellano sale de sus fronteras y cambia el mundo.

Por esto y por mucho más me enorgullece escribir sobre un país que unos llamaron “Tierra de Damanes”, otros “el Imperio donde nunca se pone el sol” y yo, simplemente me limito a llamarle “Casa”. ¡Y que Viva España!

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Imagen de NASA.gov

Puntos

Si hay un negocio que me ha llamado siempre la atención es sin lugar a duda el de las colecciones por fascículos. Ejemplares que se lanzan periódicamente por partes y al final dan lugar a una colección que, en la mayoría de ocasiones no se llega nunca a completar. No hay hogar que se precie que no cuente con al menos la primera entrega de cualquiera de estas míticas colecciones, compradas por impulso y a un módico precio: desde enciclopedias de historia hasta clásicos de la literatura, pasando por coches en miniatura.

Sucede que, tantas veces, las cosas nos llegan también de esta forma. Oportunidades bajo un escaparate a buen precio, promesas de algo mejor. Momentos a los que le pedimos la vida, quedando tantas veces insatisfechos, preguntándonos el porqué de estos. Al poco tiempo, como si de una nueva entrega se tratase, se presenta en el escaparate algo nuevo y que podría dar sentido a lo anterior. Eso sí, al igual que con el precio de las segundas y sucesivas entregas, la cosa suele llevar consigo un riesgo mayor, un atrevimiento que podemos o no estar dispuestos a llevar a cabo.

Pero ocurre que, tras un acontecimiento y otro, todo comienza a tener algo más de sentido. Y justamente eso es la felicidad: una suma de infinitos fascículos que llegan cada día como puntos que al unirse forman dibujos: constelaciones a las que llamamos vida.

Una canción, un momento con alguien, un encuentro inesperado, un buen libro, un buen plato o un abrazo. Por sí solos no son nada, o casi nada, pero dan lugar a las cosas que en esencia importan.

No conozco ninguna regla para saber si merece o no la pena completar una colección u otra, pero como por intentarlo no se muere nadie, unamos los puntos.