Vuelvo

Vuelvo al lugar primero
tan húmedo y solitario,
pero ante todo escenario
de algún que otro bolero.

Y aunque persiga un “te quiero”
al revés de cada esquina,
que no me arranquen la espina
clavada en mi paladar,
para que pueda empezar
detrás de lo que termina.

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Mal

No empezamos bien así, no empezamos bien. Cuando hasta la primera de todas las palabras no está bien. A veces lo hacemos así, a veces empezamos y acabamos mal.

Lo malo de intentar estar por encima de los demás todo el tiempo es que cuando no lo haces bien se nota con más fuerza. A veces ese superhombre se tambalea de tal forma que a todos lados llega lo que hay en el fondo de su corazón. Y tantas veces, lo que hay más adentro no es sino odio y daño: dos palabras que golpean a quien las toca, como quien se hace daño en las manos al limpiar ácido.

Pregonamos el bien día tras día como si fuese la tónica real, porque estamos creados para hacer el bien, pero al menos por nosotros no es lo que sale, sino todo lo contrario. Cuesta decir que te equivocas, que hiciste daño, que no lo hiciste bien, y que arrastraste muerte a tu paso. Cuesta decirlo, porque equivocarse y hacer daño a otros parece siempre irreparable.

A veces, y digo a veces porque “siempre” no suena tanto a poesía, buscamos el afecto de forma compulsiva y sacamos peces del agua para guardarlos en jaulas de vidrio sin alimento. Querer es darse, donarse y perdonarse. Es dar más de la cuenta y vaciarse por completo, y aparecer entonces lleno por dentro y por fuera.

Algún día aprenderé a quererme más de la cuenta.
Algún día aprenderé a darme a los demás, de verdad, un poco.
Y a recordarme que todo es nuevo, cada día.

Tenía que decirlo.

MAYÚSCULA

Las cosas que hacemos sin pensar son sin duda las que más deseamos: los mensajes a las tantas, los versos improvisados, el “qué tal” a la persona equivocada, y el “quédate” para no sentirnos solos.

Apuramos hasta el fondo las palabras, cuando el fondo es lo único que importa. El sincero es un hombre inconsciente, y la verdad, un muro destrozado. Al final todo es combate: del ahora contra el miedo, y del “quiero” frente al ahora. Tal vez por eso buscamos desinhibirnos: para soltar lo que queremos y decir lo que pensamos, y es por eso que actuamos como actúa el que no tiene miedo. Se envidia al valiente porque es más libre, y a la vez más obediente. Los más fieros navegantes son amigos de la veleta, llaman al viento por su nombre y saben que las tempestades limpian la mugre de los barcos.

Pero no nos atrevemos a cruzar por no quemarnos, y correr por no caernos. No nos atrevemos a agarrarnos a la linea de vida, porque pensamos que aquello nos hace menos libres, y en el fondo somos más esclavos que el que escapa de lo que le da el alimento.

¿Por qué nos cortamos libertades? ¿Por qué huimos de quien nos hace bien? No lo sé pero lo entiendo, como el que se hace las preguntas a medias porque sabe que ha seguido el camino correcto. Entiendo que he recorrido camino, y mis pisadas aun siguen frescas. También mis caídas, mis saltos y salidas. Y también las veces que tuve que volver atrás para recoger cosas que había perdido, o simplemente porque me había equivocado.

Duele mirar más allá de este momento. Es el movimiento que nace del desequilibrio. Es mirar a otro lugar porque parece que el momento está vacío. Pero después de tantas caídas me siento en el suelo y espero a que me lleven. No tengo casi nada y ando ligero. Hacia adelante me llevan a hombros, espero recibir lo que es mío, lo agarro con fuerzas.

Y descubro, que me ha tocado en suerte un lote hermoso. Me encanta mi heredad.

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minúscula

Si trazara una linea que pasara por todos los puntos por los que he pasado, curvaría el espacio pensando: ¿es tan fácil llegar adonde hemos llegado? Mediría con regla las curvas del tiempo, a veces tan largo y a veces tan lento, y sin darme la vuelta, llegaría al mismo punto diciendo “aún queda”.

Y al llegar a ese punto, me recordaría, que no es el final, y que no hay punto final al final de una esfera. Porque nada se acaba cuando das la vuelta, y la vida te espera, y llega. Y así doy la vuelta, y no acabo la frase para que se vea, que no quiero final, o un final a medias.

Escribo en minúsculas marcos de hielo y letras ardiendo por si se apagan aquellos fantasmas que por el camino me exhalan su miedo. Yo no me detengo, llegando a ese punto y diciendo “aún queda”. Que la primavera me espera despierta, aún hace frío, pero no se entera. Pero no se entera, no le importa, sólo espera.

Volvemos a casa, y están congeladas mis calles. El vaho es espíritu que en los cristales dibuja poemas. Me quito los guantes y acerco los dedos a una ventana, recuerdo al pasado. Pregunto, ¿qué habría hecho en otra ocasión? ¿Tendrá está canción una nueva melodía?  Pregunto, ¿qué pido del mundo yo pueda dar? ¿Sabré darme más de lo que pedía?

El vaho se hace agua, y el cristal espejo. Me miro por dentro y te miro por fuera, quedando mis palabras escritas a fuego. Quisiera entonces dar la vuelta a la esfera y llegar al punto final, y pisarlo, y hacer de mi “A”, una “a” más pequeña. Viajando de vuelta se van mis problemas y arropo mis errores para que no se pierdan.

Que no se trata de hacer de los puntos débiles puntos finales(.)

Que aún queda, por contar,

aún queda(.)

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La volverás a escuchar

Los recuerdos siempre vienen en pareja: un recuerdo, y algo que te hace recordar ese recuerdo. Es la extraña lógica de lo que fue bueno, o malo, pero que vuelve a ti en algún momento indeterminado.

Hace tiempo ya que me esforcé en dejar de identificar olores, hábitos o lugares que me recordaran a tiempos mejores, como quien quema su casa antes de partir a nuevos viajes. Tal vez fuera por miedo a lo que vendría, o sencillamente por esa nostalgia que te llega a las dos de la mañana, cuando todas las centrales del universo bombean energía para que no te duermas. Es en esos momentos, cuando haces repaso de lo vivido y de lo que queda, que te miras los pies y descubres que sigues andando, sin pararte, y eso ya es suficiente.

El pasado aprieta y la soledad atrapa, a veces más de la cuenta. No sabemos cómo llegamos hasta aquí, ni qué nos impulsó a hacer cuantas cosas hicimos, pero las hicimos, y aquí estamos. A veces me cuesta reconocer que tuve miedo, y que a menudo lo tengo. A veces me cuesta volver a los primeros lugares y miro al frente con los ojos pequeños, pero aquí seguimos.

Y la marea sube, y se cierra el círculo azul: no queda tiempo. Mientras tanto salgo de allí y cojo lo necesario, que casi siempre es bien poco, lo poco que más importa. Miro atrás y veo atrapados recuerdos ahogándose en un mar de sal y olvido. Hay olores del pasado, imágenes difusas y canciones. Ya les negué la mano, pero me piden ayuda: tenía miedo por entonces. Creía en el fondo, que me ahogaría con ellos, otra vez.

La eternidad de un momento da mucho que pensar, y sin pararme doy la vuelta a darles una oportunidad. Allí descubro que no me mojo con ellos, ni me hacen caer; me doy cuenta de que era necesario abandonarlos para no aferrarme a ellos, pero fue bueno rescatarlos. Rescatarlos para recordarme que a pesar de todo seguimos adelante.

Hace poco que he vuelto a frecuentar canciones donde me sentía seguro. Me cansé de buscar la canción perfecta, porque ya estaba dentro de mi, aunque lo hubiera olvidado. Aferrarse al pasado como piedra es perderse una mitad, pero reconciliarse con él es saber que lo que llega es nuevo, que una canción rescatada es una nueva historia,

y la volverás a escuchar.  No tengas miedo.

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Estás bonita

Te fuiste sin avisar, o eso pensaba. Las paredes no pueden moverse, y tampoco los años ni las pisadas. He caminado tantas veces sobre tu cuerpo de piedras, asfalto y ruido. Me has enseñado a ser persona, a tocar melodías bajo tu piel y provocar terremotos.

Me gustas, ciudad, aunque no te entienda y no te vea demasiado. Me gustas, ciudad, porque cuando llego te pones guapa para mí. Pero tú, tú siempre estás bonita y me cuidas como los primeros días, igual que hace siglos a tantos y tantos.

Eres la ciudad de las primeras veces, de los primeros miedos y canciones. La ciudad de la tinta grabada en sangre, del “volveré, pero no sé cuándo”. Te echo de menos, y otras veces te odio. ¿Cómo lo haces para que siempre vuelva a ti? Llego como pasajero, sin más maletas que un par de recuerdos –que mira si pesan- y allí tú me esperas. A veces te odio, sí, y querría borrarte; a veces me dueles y no desapareces, y otras me llamas de madrugada.

Están los de siempre, y que estén mientras puedan; también los que vuelven, y los que se quedan, pero tú no te mueves. Adornas tus calles y parques de vida, y así en Cánovas siempre se hace primavera. Me coges a hombros hasta la montaña, y allí desde arriba me dices: “te espero”.

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Danza nueva – Piano

He compuesto algo bastante especial para mi, necesitaba compartirlo y aquí lo tenéis. Espero que lo disfrutéis.

“La vida incita al movimiento, a no pararse, a no pensar qué vendrá mañana, y dejar que el mañana venga por si sólo. Aquello que no se entiende, que llega de golpe, que rompe cimientos, nos hace detener la marcha y replantear el rumbo. Pero no es el fin de la obra, sino un silencio en la melodía. Porque la danza sigue, aunque no nos diéramos cuenta, porque todo puede ser nuevo. Porque no estamos solos en esto.”

Compuesto, interpretado y grabado por Ángel Rubio.
Masterizado por Jose Luis Torreño.
Fotografía de Ángel Hernández Gómez.