Medio vacío

Luz tenue, olor a sinsentido, noche de sábado. Sentado a la barra en compañía de amigos y otras soledades me hago esas preguntas que sólo aparecen a tan altas horas. Mi vaso está medio lleno (o medio vacío, según se vea). Me lo bebo de un sorbo, “¡póngame otra!” Martini agitado y yo: revuelto.

A mi lado están los de siempre hablando de lo de siempre, para dejar atrás el día y sus miserias. Bebemos para olvidar y yo ahora mismo, recuerdo más bien poco. Presumen de sus “hazañas” con aroma de mujer mientras el camarero se ríe. Es la misma historia con distintos protagonistas, pero a fin de cuentas la misma historia.

Al otro lado ese “chuleta” que lo intenta con la de rojo. A ella le gusta seguirle el juego, aunque sea para mofarse por dentro ante tanta tontería salida de esa boca. Nunca lo conseguirá con ella, y es una lástima que no se de cuenta. Al fondo de la barra el mismo de siempre. Hombre mayor, pensativo, tal vez casado, se siente solo. Envidia a la juventud que lo arropa. Desea volver, pero no puede. Recuerda ese primer amor, ese primer beso, incluso ese primer plantón que le abrió los ojos. Todos al pie de una barra. Sabe que allí no vaciará sus soledades, pero al menos olvidará lo poco que el paso del tiempo no ha podido borrar todavía.

Bebo otro sorbo, me aburre la conversación, se abre la puerta. Tiene el diablo la capacidad de aparecer a las peores horas y esta no iba a ser una excepción. El tiempo se para, pero es cosa mía. Pelo negro, ojos oscuros, mirada inocente, piel clara, chaqueta de cuero fino y yo, morado. No se si será por el Martini, o por ella. No creía haberla visto nunca y sin embargo, parece cómo si hubiera estado allí por siempre. Va con otras dos amigas, buscando lo mismo que el resto de soledades que habitan este pequeño bar. Sigo mirándola tratando de averiguar a quién me recuerda. Solo espero que no me devuelva la mirada. Es un caso perdido como tantas otras veces en que el miedo y la falta de confianza nos impiden hacer locuras. 

No comento nada a mis colegas, ellos ya fantasean con su amiga, la de pelo castaño. Ellos, y su tradicional alarde de “donjuanismo” con que buscan consagrarse como líderes de la manada. Todos al final queremos lo mismo, y yo, sigo sin separar la vista. Pide una cerveza: media pinta. Parece tener menos cosas que olvidar que yo. Bebo otro sorbo al vaso de Martini y me devuelve la mirada, entonces la aparto. O es casualidad, o tiene novio, o sencillamente está asustada porque haya un loco que no deja de mirarla, nadie lo sabe. Bebo otro sorbo, y otro, y otro. Me dirige de nuevo la mirada: otra casualidad.

Hay un billar americano cerca de la pared, y el fantasma etílico parece no habernos derrotado todavía. El “chuleta” desiste por fin en su acecho a la de rojo. Somos cuatro: dos a dos. La partida transcurre sin problemas hasta que mi amigo, que juega en el equipo contrario mete la bola negra en medio de la partida: hemos ganado. Es “pronto” todavía y hay tiempo para otra partida. Me toca tirar, de espaldas a la mesa donde se sienta ella. Lo tengo facil, toque decidido y justo entonces un sonido de cristal. El borde trasero del palo de billar había ido a parar a donde no debía.

En el suelo olor a cerveza, un vaso de media pinta partido a la mitad, una disculpa, y una noche por delante que ni el alcohol podría borrar jamás de mi cabeza.

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“The Whaling Bar” Raúl Guerrero
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