Libertad de explosión

Las buenas frases suelen ser impuntuales. Llegan cuando ya no se pueden decir, a destiempo, caducan, y se tiran sin haberlas probado, o mejor dicho, sin haberlas dado a probar. Corren rápido, cuesta cogerlas, se ríen de nosotros, se llevan el mérito de nuestros actos, y cuando las pillamos nos llevan lejos.

Tan lejos que nos morimos por una de ellas. Esa gota de labia en el momento adecuado que surge y moldea conciencias ajenas. Hay días que presumo de ser el “Tío Gilito de las frases”. Despierto y creo poder comerme el mundo  con mis palabras, llegar y decirte lo que pienso.

Resulta que, como por arte de magia, conforme me acerco a ti, todas ellas salen corriendo hacia otros lugares y me dejan sólo, entre silencio y pena, con cara de tonto, nace la vergüenza. No soy un estupido, pero  lo parezco cuando me puede el miedo. El miedo de pensarte, aunque tú no lo hagas o tal vez sí, nadie lo sabe, me descoloco y se acaba el juego. Lástima que no puedas conocerme por lo que soy, sino por lo que digo, pero mis palabras explotan cuando quieren, libremente, sale una tontería, me desintegro, me desintegras. Y repetimos, una vez más, mientras me obceco en evitarte, mentiroso como si no me conociera.

A veces pienso en legislar en contra de la libertad de explosión de las palabras, para que permanezcan atadas a sus padres y creadores, atadas a nosotros, sin movimiento, sin decisión. Castigarlas a vagar eternamente entre tanta materia gris, inmortales pero siempre frescas. Me gustaría tenerlas al lado, de mascota, de lazarillo que no me abandona y ladra cuando llegó a casa. ¿Eso es libertad? Solía pensar que sí.

Y por la noche escucho ruidos en la entrada de mi casa. Son palabras que sueltan gritos, como sólo ellas saben, exigiendo libertad. Se quejan de mi desplante, de la injusticia en la que caí al hacerlas sólo mías. De anteponer mi libertad de expresión a su libertad de explotar en mil pedazos y viajar a mil lugares. De ocupar libros y cuentos, canciones, poemas, anuncios de radio y polifonías, como otras palabras.

Decidí darles tregua y desde entonces, ellas acuden a mi encuentro, cuando apareces, y en vez de mudo, ellas me apoyan.

Entendí que las palabras no me pertenecen, más cuando las digo, no me pierden de vista.

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5 comentarios en “Libertad de explosión

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