Escaparate

Seis de la tarde, centro comercial, alma de plástico. La sección de moda para caballeros asfixiante como siempre, probadores saturados y estantes listos para la erosión que supone cualquier periodo de rebajas.

Yo, el buque insignia de la Colección Sport Verano, al menos por ahora. En unos días seré un maniquí más de rebajas, y más tarde de la Colección Otoño-Invierno, Navidades y vuelta a empezar. No es a mí a quien miran, sino a lo que llevo puesto. Camisa blanca, suéter de cuello redondo, pantalones oscuros, zapatillas deportivas. Suerte tengo de que me dotaran de gorro y gafas de sol. De lo contrarío nadie se habría preocupado en darme una cabeza, como esa que tienen las personas de verdad. Muchos de mis compañeros nacieron y han vivido sin saber lo que es tener una sobre los hombros, aunque sea de madera con forro de plástico. La gente no entiende lo que es vivir sin poder moverse, esclavo del suelo y de las modas, condenado a servir de escaparate sin desearlo y sin poder protestar por ello, esclavo de un tiempo eterno que nos impide crecer.

Recuerdo mis comienzos, en aquella fábrica. Mis creadores me dieron unas dimensiones perfectas, deseadas por tantos hombres que compran los conjuntos que visto. Cabello inamovible, sonrisa cautivadora, pectorales perfectos, y un trasero que remarca los pantalones que visto. Por las noches, cuando sólo me acompañan cámaras de seguridad y otros maniquíes, echo a llorar y pienso como sería poder salir ahí fuera, donde hay vida de verdad, fuera de la monotonía que habita los expositores.

Al menos, sé que no todo está perdido. A lo lejos y desde hace no mucho, contemplo una silueta en la sección de moda para mujer. Bajo ella un letrero que reza: “¡Vuelta a los Setenta: pantalones de campana al cincuenta por ciento!” Cuando nadie mira dirijo esos surcos que tengo por ojos hacia donde está ella. Su rostro, tan inexpresivo como el mío, podría no decir nada al resto de personas, pero lo hace. Elegante, bien vestida y seductora. Todas las mujeres que llegan a la tienda quieren tener su cuerpo, su sonrisa y su boca. Sufrirá, al igual que yo, por cansancio, por soledad, y porque no siempre hay ganas de mantener esa cara bonita forzada que fijó en ella la maquina del taller de maniquíes.

Vivo con la esperanza de que, algún día cuando nadie nos vea, me devuelva el saludo y el destino rompa las ataduras que nos separan. Vivo con la esperanza de que algo mágico suceda y pueda salir de este cuerpo de plástico que habito y pueda ser libre y conocer mundo junto a ella.

maniquí

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10 comentarios en “Escaparate

    1. Muchas gracias. La gran diferencia entre ellos y nosotros es que ellos no han decidido su destino. Les tocó ser maniquíes sin elegirlo, y sin poder participar de esta forma en el curso de la vida. Nosotros, por razones distintas, sufrimos momentos en que caemos en cuerpos de plástico, por miedo a vivir. Pero no te preocupes, yo aún tengo la confianza de que el maniquí pueda escaparse de aquel cuerpo y reencontrarse con ella. Eso ya lo veremos. 🙂

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  1. ¡Qué buenoooo! Me recordó la peli Mannequin (1987), que vi cuando era muy joven y jamás la olvidé por la idea, la posibilidad de que un cuerpo de plástico cumpla sus sueños en la vida real. Lo has descrito a la perfección 🙂

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