Una palabra

Se hace tarde y el otoño duele. Quiero correr y algo por dentro me frena. Será el paso del tiempo, tu ausencia, o la maldición de no encontrar la palabra que busco.

El destino huye de mi y yo, persigo la gloria que narraban los antiguos. Partir de ciudades sin memoria en busca de tesoros infinitos.
Recibo denuncias, acoso al diccionario y él me increpa mi falta de paciencia.
Escribo para mí y los que me leen, más primero para mí y no es por descortesía.

Descortesía a las corrientes, a las modas, a la radio fórmula de poetas que acampan nuestro tiempo, a los cuarenta principales de la prosa. Gente con fortuna y soledad a partes iguales, donde el verso fácil es espada. Donde me reflejo y vuelvo tantas veces sin quererlo.

Tras el letargo regreso a casa, y si las veis no cambiéis de acera. Estas sílabas no muerden pero sienten, no gritan pero saben demasiado, son vergonzosas pero a solas cuentan maravillas.

Se me escapan a menudo y sin quererlo, cada una por su lado, y a algunas hace años no las veo. Pero sé que me vigilan desde lejos, a cada paso, a cada palmo, a cada verso. Se ríen de mi y otras veces se sonrojan cuando hablo de ellas, como el padre que presume de sus hijos y enseña a los demás lo que hacen en la escuela. No gustan a todos, pero tocan a algunos, y para entonces ya no me pertenecen.

Pero no os asustéis si las perdéis de vista, o parece que no suenan bien, o sucias, o algo cansadas.

No están perdidas… Solo buscan la palabra perfecta.

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