Estoy bien

Os sonará de las mejores películas de Hollywood, de las de gloriosas batallas, de las que cuentan los abuelos.

Me refiero a escenas que se ven fuera del celuloide. Me refiero a algo más cercano y personal: hablo de nosotros mismos.

Esa escena en la que el otro se acerca a ti y lanza la más fuerte artillería, disparando un “qué tal estas”, sonido que normalmente, golpea los cimientos de tu cuerpo haciéndolo tambalearse. Una parte de ti quiere liberar lo que hay dentro, mientras que la otra se niega a hacerlo. Sentimientos que sufren el Síndrome de Estocolmo de los que hace tiempo que no han salido.

Y ahí está el problema, cuando los sentimientos no salen y quedan recluidos en aquel patio que parecía bonito, con sus árboles y ese sol de cada mañana, pero que escondía la prisión de lo que se pudre cuando no sale. Hablo de los sufrimientos guardados, de los duelos no resueltos, de los remordimientos, de los juicios contra el otro que en vez de caer sobre la mesa se escondieron en uno mismo, afilándose como quien prepara la espada para el combate. Hablo también de los deseos, de aquello que se quiere pero por vergüenza no se dice, del amor escondido, de tantas palabras que se niegan a ocupar un lugar en el mundo, sin saber que lo que espera fuera es algo más grande.

En ese preciso instante te toca responder, porque suena extraño no dar respuesta y quedarse sin decir nada. Te toca responder, y tienes dos opciones.

La primera: la normal, la lógica, la que se suele decir, la que no cuesta pero destruye tantas veces, la corta, la sencilla pero que deja todo lo importante dentro. Si, me refiero al “estoy bien”.

No me opongo a ella, porque entiendo que hay veces en que es la respuesta adecuada, y que es necesario dejar reposar ciertos sentimientos y emociones. Porque no todo es para todos, y hay cosas que no se pueden contar a todo el mundo y en todo momento. Me opongo al cierre sistemático: a cerrar la boca por miedo a abrirte por dentro, un día tras otro, y así por siempre.

Aviso a navegantes: la segunda duele, pero no conozco a nadie que se niegue a ponerse a una inyección por el simple hecho de escocer, si sabe que de ella depende su vida.

Habéis acertado, me refiero a la opción difícil: la de abrir la mente en canal cuando el momento lo requiere, aunque cueste y después haga falta respirar. Me refiero a confesar los miedos, a decir al otro lo que sientes, a hablar de aquello que te preocupa, a no dar siempre la respuesta fácil.

Porque a veces resulta agotador tener que dar la talla en cada momento, como si nada nos destruyera, como si nada nos pasara.

Porque, creedme: aquel suburbio fuera de la zona de confort es un bonito lugar para vivir.

 

forges-2007
Forges. 2007.
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