Tú tan pink y yo tan blues

Por muy cerca que esté, Lincoln no podrá besar su monumento, ni Dustin a su demoperro, ni el gato vivo a su mismo yo muerto. Estar pegados no significa estar unidos. Dos caras de una moneda no son más que eso y los opuestos, por más que se atraigan, son opuestos.

Me gusta encontrarte en el lado contrario, para no perderte en mi, y no tratar de encontrarte sino fuera de mi. Empiezo mal, una vez más y lo sé. Poco puedo hacer para acercarme a las antípodas.

Tú tan Miami, yo tan Manhattan; tú tan Gin y yo tan Whisky; tú tan fútbol, yo tan nada; tú gravedad, yo manzana. Tú de agua, yo de lava; tú de hojas de corte, yo de irme por las ramas; tú tan abrirte por dentro, yo tan cerrarme por fuera; tú tan refugio, yo tan madriguera; tú tan luz y yo cerilla; tú tan taxi y yo tan bus; tú tan Mia y yo tan Seb.

Tú tan pink, y yo tan blues.

Y así trato de darle la vuelta a la moneda, para unir la cara con la cruz, y la cerilla con la luz, y el refugio y madriguera. Trato de cambiarte para que seas como yo, doblando la moneda, y cada vez más. Sigo haciendo fuerzas para hacerte a mi medida, como si pudiera desafiar a las leyes del átomo y abrazarme a su carga positiva.

Pero se parte la moneda de tanto doblarla. Se parte de querer hacer de la cara cruz, y de la cruz cara. Se parte de querer cambiarlas, de no imaginar un tú y un yo diferentes pero dentro de la misma cosa.

¿Qué importa si en el fondo tú y yo somos dos opuestos?

Si lo que importa, en esencia, es compartir la moneda.

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Un sol de color blanco

Hace frío en la cueva: me escondo. Me siento, hablo de mí, miro hacia delante.

Hace frío en la cueva y pocos lo saben. El futuro da miedo y habla en pasado, te acusa con la mano: uñas largas y pelo de Elvis. Hace frío en la cueva y todos lo sienten.

Hay soles de metal en lo alto de la cueva; de color blanco iluminan nuestras cabezas (que no nuestras mentes). Feroces francotiradores entrenados en combate y disparos fallidos hacen de esta cueva un campo de batalla.

Héroes voluntarios; máquinas de guerra en busca del futuro que no conocen. Suenan libros en la jaula de sonidos. Suenan folios moverse, suenan llantos (pero bien flojo, que nos riñen), suenan almas respirar y cartas en botellas. Suena de todo en la meca del silencio.

¿Y ahora que cuento? Lo reconozco: me aterra el folio en blanco. El precipicio reiluminado produce monstruos. El precipio reiluminado por lo que cuento. Me aterra el folio, el de verdad, el que va en serio: el que habla de mi y de ti. Me aterra ese, y de ese huyo tantas y tantas veces. Lo enmascaro de letras vanas y vacías, para la inmensa mayoría que en el fondo no es nadie que necesite de lo que hablo.

Y es importante, hablar de uno, romper los muros, dejar la cueva. Y es importante cubrir de letras los laberintos, rimar amores difuntos con poesía. Ser más yo, para ser más nosotros.

En la cueva, bajo un sol de color blanco,

empiezo a pintar papeles.

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Promesas de año nuevo

Prometo hablar en infinitivo: empezamos mal. Prometo dar un poco más de lo que tengo, prometer menos cosas, confiar en los de siempre, pedir menos de la gente, esperar de mí más de lo que espero.

Prometo hacer cosas que antes no hacía, porque de lo contrario no serían promesas, sino simples propósitos de no salirme de la linea, lo cual de por sí ya es un mundo inmenso.

Prometo escribir más a menudo, desvestirme y bañarme en el grafito, reducir las distancias, quererme más, para quererte más, y mejor; tratar de rimar palabras que no riman, pero me riman; contar historias que no acaban ni bien ni mal: que no acaban.

Prometo no atrasar una hora los relojes, pisar las rayas de la calle, pitar en los atascos, rebelarme con la almohada. Pecar, y que paguen por mí los justos.

Prometo esto, y que me equivoque en lo prometido, y surjan nuevas promesas, y me desprometa todo. Que llegue el año como quiera, que de ahora en adelante:

prometo no hacerme más promesas.

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Azul – Piano

Hace tiempo que no compartía ninguna canción al piano, y creo que es el momento de empezar a subir más canciones. Más que nada, porque considero que la música es un soporte fundamental para cumplir cualquier tipo de impoesiables.

Esta canción se llama “azul”, donde los diferentes recuerdos en mi cabeza se disuelven para formar un ente homogéneo pero lleno de todo. Y de la misma forma que el cocinero, bate todos los ingredientes, desordenándolos, para luego darles un orden nuevo, es esta canción una forma de encontrar un orden donde no lo hay.

Espero que la disfrutéis.

Patria se escribe en plural

Cuando uno se da cuenta de que no se nace una sola vez, la palabra nación deja de tener el sentido que tiene ahora.

Hay momentos en que uno vuelve a nacer. Vuelve a nacer porque empieza a ver las cosas de otra forma, porque choca contra la realidad, o porque hay algo que le hace ver que realmente esto de vivir vale la pena. No sólo se nace en la habitación de un hospital. Se nace sentado en un bar con amigos, en un concierto, una conversación con tu abuela, o después de un accidente. Se nace otra vez cuando algo te cambia la vida, porque dejas de ser el mismo o descubres a aquel que siempre habías sido pero no te habías dado cuenta.

Nos conformamos con pensar que estamos vivos por el simple hecho de poder movernos, necesitar comer, o sentir sueño después de una larga siesta. Sería como tomarse un yogur que lleva una semana caducado. ¿Es un yogur? Si, pero no sabe igual y, además, sienta mal.

Decía Dámaso Alonso aquello de “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres” para referirse a un mundo donde sentirse vivo es un privilegio. La insatisfacción y la falta de ilusión hacen de la mayoría de cabezas pensantes, cadáveres insatisfechos que mendigan algo que les dé sentido. Y darles sentido, en ese caso, es una forma de dar a luz.

Sabiendo que uno nace varias veces a lo largo de su vida, no comprendo la palabra nación, si es que nación hay una sola. Me reconforta saber que he nacido en un país, que mis padres me esperan en casa y que soy aquel lugar del que vengo. Pero me reconforta más aún saber que tengo más lugares a los que llamar patria: uno por cada lugar en el que volví a nacer. La patria es la llamada a un amigo, el viaje que alguna vez hiciste, lo que aprendiste en los libros, el cuerpo ajeno…

¿Qué sentido tiene entonces un nacionalismo que considera un territorio sobre los demás? ¿Qué sentido tiene entonces considerar al que tienes enfrente como enemigo? Creo que no hay mayor acto de nacionalismo que hacer que el que tienes enfrente pueda sentirse como en casa, que pueda sentirse vivo. En definitiva, que pueda volver a nacer en el lugar que le dejas.

La nación no es sólo el país donde se nace. La nación es aquello que nos recuerda que estamos vivos.

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Los lunes no están tan mal

La noche es buena para casi todo. De ahí, que el hecho de que algo o alguien interrumpa ese paraíso suena a todo menos a regalo envuelto con cinta roja. Imaginaos la palabra madrugar después de un largo fin de semana. Imaginaos saber que se os acabó el chollo de tener cama como segunda casa. Imaginaos que os quede una semana entera así. Ponedle un nombre: llamadlo lunes por la mañana. ¿Suena divertido no? No vayáis a por mi, todavía.

Muchas veces he pensado en proponer el lunes como unidad de medida del mal rollo. La idea sería la siguiente: despertarte por la mañana un lunes valdría un lunes; un despertar de resaca valdría dos lunes, porque es como un lunes pero en versión aumentada; suspender con un 4,9 valdría aproximadamente quince lunes y perder el bus ante tus ojos valdría una décima de lunes; que se te cuele el listo de turno: medio lunes; mancharte la camisa nueva al abrir el ketchup: de tres cuartos de lunes a lunes y medio, dependiendo de la camisa.

Creo que con esto queda claro que el lunes no es amigo de muchos. Es esa persona a la que no invitan a las fiestas, o aquella que ha llegado allí pero nadie sabe por qué.

A pesar de todo, creo que es el momento de dar una tregua a este personaje, porque se lo merece. Ser viernes o sábado no es difícil (el domingo daría para otra entrada), porque no tienen un cometido definido: no tienen una misión particular, salvo la de hacer a uno olvidarse del estrés de la semana. Pero los lunes se la juegan. Los lunes trabajan sobre terreno vacío. En los lunes volvemos a aquello que llamamos rutina, o campo de juego como lo llaman otros. Los lunes abren la puerta a todo lo que viene después. Abren la puerta a una semana entera, y eso no es nada fácil.

Siempre se ha dicho que, en un discurso, las partes que más se recuerdan son el principio y el final. El principio, porque nos da una primera impresión, y el final, porque nos deja un último sabor de boca de lo escuchado. Es el lunes el responsable de dar una primera impresión de la semana, lo cual no es nada fácil. No es fácil poner a una persona en su realidad al comienzo de esta y decirle: “lo que viene va a salir bien”. Porque a veces, el día o la situación no propician ese mensaje, o a uno no le interesa o no le importa que se lo digan. Creo que es el momento de colocar a los lunes en un nuevo lugar, para darle a las semanas un nuevo sentido.

En cualquier caso, y si sigues pensando que el lunes es el peor invento de la historia de la humanidad (por detrás del color naranja, por supuesto), no dudes en darle dislike a este post, o en su defecto, darle un lunes.

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Azar, lo llamáis

Al final, cada uno llama a las cosas como le parece. Y llamar a las cosas, para bien o para mal, es echar la culpa a algo.

Me cuesta imaginarme la idea de sonido sin vibración, o la de río sin agua, o la de agua sin lluvias. Me cuesta no echarle la culpa a algo para explicar lo que le sigue, como causante de aquella cosa, como responsable, como creador. Me cuesta no buscarle un sentido a todo: a los momentos, los gestos, los detalles. Una orientación o una razón de ser, y entender qué narices tengo que ver en aquello que me pasa.

Y justo cuando me lo pregunto, surgen las cosas que parecen no tener sentido. Surge el mensaje fortuito, la cara iluminada, la sonrisa de tonto. El tick de color azul, la boca entreabierta, miocardio a todo gas.

Y surgen, sin aparente explicación. Como ese encuentro inoportuno, como carta que llega sin esperarse, como fichas de dominó perfectamente alineadas, como caos programado para desafiarse. Pero lo llamáis azar, porque aterra pensar que algo así tenga un sentido, y porque ponerle nombre, en ocasiones, supone ponerle alas. Y nadie, nadie, sabe adonde puede llevarnos un par de alas.

Lo llamáis azar, porque da miedo estrechar lazos, por si cae la moneda del lado que no se espera, por el riesgo que conlleva, por arriesgarlo todo y poder quedarte sin nada. Pero llega y desafía probabilidades, dados y ruletas. Llegando a momentos donde la realidad no es más que un capítulo de cualquier novela, donde cada paso presume de genialidad, y donde tanto el drama como la fantasía superan cualquier idea en la mente de jóvenes poetas.

Me niego a pensar en el “por que sí”, para pensar en el “por algo”, buscando en el orden del desorden la belleza de las cosas. Hallando en esa sucesión de imposibles lo que busco. Y tratando de encontrar lo que me falta, me encuentro a mi mismo. 

Y encontrándote, me veo reflejado, viéndote en mi lugar, haciéndonos dos mitades distintas de lo mismo. Dos gotas unidas a distancia, sin saberlo. Trayectorias a la deriva que se unen en un lugar y momento exacto. No se vosotros: no es casualidad.

Pero lo llamáis azar. Yo lo llamo amor, carajo.

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