Ser borde es un deber

No se engañen: con este escrito no pretendo agradar, ni dar soluciones, ni decirles lo guapos/as (como se dice ahora) que se han levantado hoy. En la era del like fácil y el halago barato, ser borde no es sólo una obligación, sino también un acto de justicia.

Al borde se le conoce por su compasión, porque para serlo antes hay que ganárselo. Saber bajar los aires ajenos a la misma velocidad a la que subieron, porque sabe que los egos pesan, y lo que pesa, por lo general, molesta. Y para que le molesten otros, prefiere ser él el que lo haga.

Molestar es bueno: como molestaba Gandhi al gobierno, o Galileo a la iglesia, o la buena de Miley al colectivo de empresas de demolición. Molestar provoca cambios, y como mínimo replantearse el camino. Si esto no funciona, al menos nos echamos unas risas.

Porque para el borde, el cliente nunca lleva la razón, y es el otro el que no quiere que se la des. Aburrido de su monótona vida, daría lo que fuese porque le dijeras que su camisa es de lo más feo que has visto nunca, o bromear sobre su inteligencia, o su forma de andar, incluso cuando seas más guapo, más listo, o vistas mejor. El borde lo hace por ti, y como dije al comienzo, es compasivo y quiere hacerte replantearte las cosas. Al borde le interesa mucho muchísimo tu opinión, y así te lo demuestra y te lo agradece, al igual que el reportaje de fotos que subiste ayer a Facebook, o el artículo que escribiste en tu blog de mierda sobre gente borde: porque todo el mundo sabe lo interesantísimos que son.

El secreto de todo esto se encuentra en que el borde no va en serio. Ser borde las veinticuatro horas del día (incluidos fines de semana) sería agotador para una sola persona. En ocasiones al borde no se le nota la intención, y allí se encuentra su virtud: pasar desapercibido entre el mundanal ruido mientras propropaga su bien a escondidas, provocando los cambios más profundos que necesita esta sociedad.

Espero que hayas disfrutado bien poco de los dos minutos que has dedicado a leer este artículo. Tal vez así comiences a replantearte en qué pierdes el tiempo, y entonces, me lo agradezcas.

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Ilustración de Forges

Casa

No es fácil hablar del lugar donde se ha vivido. Porque significa hablar de uno mismo, y eso no es fácil. No es fácil hablar de los lugares que te cuidan, como madre que protege a sus hijos. Lugares que preparan a uno para lo que espera fuera.

Hablar de esta forma de un conjunto de paredes, suelos, puertas, ventanas y muebles podría denotar dos cosas: locura, o exceso de materialismo. Así sería, si una casa no fuese algo más que eso.

Una casa es un refugio ante el peligro, un lugar a donde acudir cuando lo demás falta. Es un lugar de descanso, donde se recuperan fuerzas cuando no se tienen. Es un lugar de aprendizaje, porque allí se dan los primeros pasos, y uno se prepara para dar los siguientes.

Una casa es un lugar al que volver: por aquellos que te esperan, por las risas que generan, por los buenos momentos, las charlas en las comidas, los juegos, películas, bromas. Por esas conversaciones que no se encuentran en ningún otro lugar, donde nadie espera nada de ti, donde las cosas se olvidan, donde los problemas son menores porque se dividen entre todos, y siempre queda una oportunidad (y nunca la última).

Lo curioso y a la vez contradictorio de una casa es que incluso cuando esta cambia: cuando cambia el lugar o la ciudad en la que vives, esta te acompaña. Las paredes pueden ser distintas, y también los vecinos, las tiendas a las que bajar a comprar el pan, y el camino de regreso,

Y estas cosas, las que permanecen, son las que realmente considero mi casa. Porque no se marchitan, porque quedan firmes. Porque necesitan también de mi, y eso me gusta.

Porque con ellas, todo “casa”.

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Estoy bien

Os sonará de las mejores películas de Hollywood, de las de gloriosas batallas, de las que cuentan los abuelos.

Me refiero a escenas que se ven fuera del celuloide. Me refiero a algo más cercano y personal: hablo de nosotros mismos.

Esa escena en la que el otro se acerca a ti y lanza la más fuerte artillería, disparando un “qué tal estas”, sonido que normalmente, golpea los cimientos de tu cuerpo haciéndolo tambalearse. Una parte de ti quiere liberar lo que hay dentro, mientras que la otra se niega a hacerlo. Sentimientos que sufren el Síndrome de Estocolmo de los que hace tiempo que no han salido.

Y ahí está el problema, cuando los sentimientos no salen y quedan recluidos en aquel patio que parecía bonito, con sus árboles y ese sol de cada mañana, pero que escondía la prisión de lo que se pudre cuando no sale. Hablo de los sufrimientos guardados, de los duelos no resueltos, de los remordimientos, de los juicios contra el otro que en vez de caer sobre la mesa se escondieron en uno mismo, afilándose como quien prepara la espada para el combate. Hablo también de los deseos, de aquello que se quiere pero por vergüenza no se dice, del amor escondido, de tantas palabras que se niegan a ocupar un lugar en el mundo, sin saber que lo que espera fuera es algo más grande.

En ese preciso instante te toca responder, porque suena extraño no dar respuesta y quedarse sin decir nada. Te toca responder, y tienes dos opciones.

La primera: la normal, la lógica, la que se suele decir, la que no cuesta pero destruye tantas veces, la corta, la sencilla pero que deja todo lo importante dentro. Si, me refiero al “estoy bien”.

No me opongo a ella, porque entiendo que hay veces en que es la respuesta adecuada, y que es necesario dejar reposar ciertos sentimientos y emociones. Porque no todo es para todos, y hay cosas que no se pueden contar a todo el mundo y en todo momento. Me opongo al cierre sistemático: a cerrar la boca por miedo a abrirte por dentro, un día tras otro, y así por siempre.

Aviso a navegantes: la segunda duele, pero no conozco a nadie que se niegue a ponerse a una inyección por el simple hecho de escocer, si sabe que de ella depende su vida.

Habéis acertado, me refiero a la opción difícil: la de abrir la mente en canal cuando el momento lo requiere, aunque cueste y después haga falta respirar. Me refiero a confesar los miedos, a decir al otro lo que sientes, a hablar de aquello que te preocupa, a no dar siempre la respuesta fácil.

Porque a veces resulta agotador tener que dar la talla en cada momento, como si nada nos destruyera, como si nada nos pasara.

Porque, creedme: aquel suburbio fuera de la zona de confort es un bonito lugar para vivir.

 

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Forges. 2007.

Sin regreso

Nunca creí en aquello que decían de que hay trenes que sólo pasan una vez. La vida y los acontecimientos sufren ese ciclo que nos permite coger la ola a la vez siguiente y disfrutar mañana del día que perdimos.

Aquella vez no fue así, y temblamos. Temblaron las vías, las mentes, los cristales, los periódicos y el mundo entero. Instantes que marcan el no retorno, que rompen las estadísticas y que condenan a las olas a no pasar de nuevo.

Aquella vez no fue así, y temblaron. El último tren no se esperó a la noche para pasar. Tampoco le avisó nadie de que este sería su último servicio. Diez tumores que albergaban este y otros tres. Tumores de cantera, de esos que rompen las piedras y las familias.

Y en Madrid, aquella mañana hacía viento de levante, del que perfora la piel. Cientos de individuos corrían hacia las jaulas de metal, que engullían uno a uno sus cuerpos. Sonó el disparo de salida, el que indica el comienzo de la carrera diaria. Puestos en posición, tres, dos, uno, y sonó el disparo de salida. Y después otro, y otro, y otro. Tras este sonido el del huracán, el de los cristales rotos, el de los cables asfixiados y los cuerpos en vuelo. Tras este, el sonido de la casa rota, de la carrera frustrada, del viaje que nunca sucedió, de los hijos en el cole, del último beso, de la ola que no vuelve, del tren que no pasa.

Aquella mañana una parte del mundo murió sin saberlo. El cáncer de goma se había propagado por las vías, destrozando los órganos principales y dejando sin riego a un país entero. Pero este país se levantó. Se levantó ante los provocadores, ante la mentira y la miseria. Este país herido de bala se levantó ante quien se toma la justicia por su parte. Este país se levantó por aquellos que ya no se iban a levantar.

Según los médicos, el paciente no murió al final. Porque olvidarle habría significado acabar con su vida, como quisieron hacer aquellos que siembran el miedo. Fue la opinión pública,  las familias en la calle, la música y el recuerdo imborrable los que hicieron que aquel día no se borrara del calendario.  El paciente vive, pero la casa sigue vacía, los planes rotos, y los no tan niños haciendo su vida con un plato de menos.

Sólo hagamos que su recuerdo no muera nunca. Porque cuando Madrid apagó las luces, el mundo entero se hizo de noche,

y ese frío, no es humano.

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Fronteras

Me han hablado de países más verdes que el mío, donde el caos de los semáforos, la hora punta y el humo no agotan a cualquier hombre. Donde el suspiro no es himno nacional y el llanto no riega las plantas. Me han hablado de países donde volver a casa es descubrir nuevos lugares, donde el tacto es el único pasaporte y tu mirada, la única frontera.

Me apresuro a tomar el tren, que recorre lo que alcanza un golpe de vista. Camino largo, unos centímetros que se hacen infinitos, y un maquinista que te advierte de los peligros de aquel viaje. A la entrada está el muro, el mismo que levantaron tantos sucios dictadores que temían los milagros. Y yo, sin papeles, me adentro en el juego del que llega a tierra desconocida. Trepo por tu espalda de alambradas, pierdo el equilibrio, me levanto. Llego a lo alto del muro que gobiernas y rozo con tu voz, que suena a concertina. Sangro un poco y recobro la vista, observo el paisaje y me pregunto si merece la pena continuar. Entonces salto de lo alto, me miras, me escondo, mientras esa luz de vigilantes gobierna la torre. Salgo a correr y entonces me escuchas: suenan las alarmas.

Y como tantas veces, emprendo el camino de vuelta, herido y cansado, sin llegar a  saber si escapé por no tener papeles, o por lo que dirías.

Seguro estoy de que llegará el día en que caigan las fronteras y viaje hacia tu cuerpo, que es el mío. Entonces no habrá pasos, ni aduanas, ni banderas, ni esa voz fría del que viaja sin papeles. Será tierra con tierra, y no un muro de vergüenza, hecho de ladrillos, acero  y miedo a lo desconocido.

Aquel día hablaremos la misma lengua, y podremos emprender la huida, pero esta vez, juntos.

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Vayan saliendo

Resulta inevitable, son las cinco y pico de la mañana y todo lo que podía pasar ya ha pasado. Encienden las luces del local y aquel hombre emparentado con la familia de los gorilas te invita amablemente a abandonar aquel lugar. Todo el mundo era consciente de que cerraría en algún momento, pero en la noche todo es difuso y, por lo general, el cuerpo aguanta menos que el despertador.

Y se acaba, se acaba la noche como se acaban los años, como se acaba este. Un año que te invitó con amabilidad a entrar él, aunque, al fin y al cabo, no había otra opción. Un año que te ha hecho distinto, sin perder lo que eres, que te ha hecho sangrar, que te ha hecho reír a carcajadas y, en definitiva, que te ha hecho. Se acaba el año, como la noche, y al día siguiente se llenan las calles y las redes de propósitos de año nuevo. Una suerte de resaca emocional, de aquello que la noche antes debiste de hacer y no hiciste, o aquel error que cometiste, porque era tarde. Ya sabes, llamar a las cuatro a tu ex nunca fue una buena idea.

Pero nos gusta hacer propósitos de año nuevo, porque queremos demostrarnos que nos importamos, que hay cosas que no nos gusta como están, porque queremos, porque podemos, aún sabiendo que aquel primero de Enero será igual. Pero no es igual, porque celebramos haber sobrevivido un año más a esta batalla que es la vida, de este viaje apasionante que no dura demasiado, pero si lo suficiente como para que merezca la pena brindar. Brindar con la familia, con los amigos, con los enemigos que te hicieron entender que esto iba en serio. Brindar contigo y para ti, porque vales, porque te has sido fiel una vez más.

Mucha gente se imagina el principio del año como un libro en blanco que comienza por la primera página. Y está bien, si no fuera porque aquello que te espera depende en gran parte de cómo lo recibas, de los errores que te han llevado hasta ese punto, de lo aprendido, de lo olvidado…  Pero en lo que no se equivocan es en que aquello que llega no lo conoces, y sólo por eso, ya merece la pena brindar.

Y llegará, dentro de un año, el día en que te toque salir de la sala una vez más, porque el tiempo tiene prisa y no pide permiso para pasar.

Pero, mientras tanto, bailemos.

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Una palabra

Se hace tarde y el otoño duele. Quiero correr y algo por dentro me frena. Será el paso del tiempo, tu ausencia, o la maldición de no encontrar la palabra que busco.

El destino huye de mi y yo, persigo la gloria que narraban los antiguos. Partir de ciudades sin memoria en busca de tesoros infinitos.
Recibo denuncias, acoso al diccionario y él me increpa mi falta de paciencia.
Escribo para mí y los que me leen, más primero para mí y no es por descortesía.

Descortesía a las corrientes, a las modas, a la radio fórmula de poetas que acampan nuestro tiempo, a los cuarenta principales de la prosa. Gente con fortuna y soledad a partes iguales, donde el verso fácil es espada. Donde me reflejo y vuelvo tantas veces sin quererlo.

Tras el letargo regreso a casa, y si las veis no cambiéis de acera. Estas sílabas no muerden pero sienten, no gritan pero saben demasiado, son vergonzosas pero a solas cuentan maravillas.

Se me escapan a menudo y sin quererlo, cada una por su lado, y a algunas hace años no las veo. Pero sé que me vigilan desde lejos, a cada paso, a cada palmo, a cada verso. Se ríen de mi y otras veces se sonrojan cuando hablo de ellas, como el padre que presume de sus hijos y enseña a los demás lo que hacen en la escuela. No gustan a todos, pero tocan a algunos, y para entonces ya no me pertenecen.

Pero no os asustéis si las perdéis de vista, o parece que no suenan bien, o sucias, o algo cansadas.

No están perdidas… Solo buscan la palabra perfecta.