Patria se escribe en plural

Cuando uno se da cuenta de que no se nace una sola vez, la palabra nación deja de tener el sentido que tiene ahora.

Hay momentos en que uno vuelve a nacer. Vuelve a nacer porque empieza a ver las cosas de otra forma, porque choca contra la realidad, o porque hay algo que le hace ver que realmente esto de vivir vale la pena. No sólo se nace en la habitación de un hospital. Se nace sentado en un bar con amigos, en un concierto, una conversación con tu abuela, o después de un accidente. Se nace otra vez cuando algo te cambia la vida, porque dejas de ser el mismo o descubres a aquel que siempre habías sido pero no te habías dado cuenta.

Nos conformamos con pensar que estamos vivos por el simple hecho de poder movernos, necesitar comer, o sentir sueño después de una larga siesta. Sería como tomarse un yogur que lleva una semana caducado. ¿Es un yogur? Si, pero no sabe igual y, además, sienta mal.

Decía Dámaso Alonso aquello de “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres” para referirse a un mundo donde sentirse vivo es un privilegio. La insatisfacción y la falta de ilusión hacen de la mayoría de cabezas pensantes, cadáveres insatisfechos que mendigan algo que les dé sentido. Y darles sentido, en ese caso, es una forma de dar a luz.

Sabiendo que uno nace varias veces a lo largo de su vida, no comprendo la palabra nación, si es que nación hay una sola. Me reconforta saber que he nacido en un país, que mis padres me esperan en casa y que soy aquel lugar del que vengo. Pero me reconforta más aún saber que tengo más lugares a los que llamar patria: uno por cada lugar en el que volví a nacer. La patria es la llamada a un amigo, el viaje que alguna vez hiciste, lo que aprendiste en los libros, el cuerpo ajeno…

¿Qué sentido tiene entonces un nacionalismo que considera un territorio sobre los demás? ¿Qué sentido tiene entonces considerar al que tienes enfrente como enemigo? Creo que no hay mayor acto de nacionalismo que hacer que el que tienes enfrente pueda sentirse como en casa, que pueda sentirse vivo. En definitiva, que pueda volver a nacer en el lugar que le dejas.

La nación no es sólo el país donde se nace. La nación es aquello que nos recuerda que estamos vivos.

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Los lunes no están tan mal

La noche es buena para casi todo. De ahí, que el hecho de que algo o alguien interrumpa ese paraíso suena a todo menos a regalo envuelto con cinta roja. Imaginaos la palabra madrugar después de un largo fin de semana. Imaginaos saber que se os acabó el chollo de tener cama como segunda casa. Imaginaos que os quede una semana entera así. Ponedle un nombre: llamadlo lunes por la mañana. ¿Suena divertido no? No vayáis a por mi, todavía.

Muchas veces he pensado en proponer el lunes como unidad de medida del mal rollo. La idea sería la siguiente: despertarte por la mañana un lunes valdría un lunes; un despertar de resaca valdría dos lunes, porque es como un lunes pero en versión aumentada; suspender con un 4,9 valdría aproximadamente quince lunes y perder el bus ante tus ojos valdría una décima de lunes; que se te cuele el listo de turno: medio lunes; mancharte la camisa nueva al abrir el ketchup: de tres cuartos de lunes a lunes y medio, dependiendo de la camisa.

Creo que con esto queda claro que el lunes no es amigo de muchos. Es esa persona a la que no invitan a las fiestas, o aquella que ha llegado allí pero nadie sabe por qué.

A pesar de todo, creo que es el momento de dar una tregua a este personaje, porque se lo merece. Ser viernes o sábado no es difícil (el domingo daría para otra entrada), porque no tienen un cometido definido: no tienen una misión particular, salvo la de hacer a uno olvidarse del estrés de la semana. Pero los lunes se la juegan. Los lunes trabajan sobre terreno vacío. En los lunes volvemos a aquello que llamamos rutina, o campo de juego como lo llaman otros. Los lunes abren la puerta a todo lo que viene después. Abren la puerta a una semana entera, y eso no es nada fácil.

Siempre se ha dicho que, en un discurso, las partes que más se recuerdan son el principio y el final. El principio, porque nos da una primera impresión, y el final, porque nos deja un último sabor de boca de lo escuchado. Es el lunes el responsable de dar una primera impresión de la semana, lo cual no es nada fácil. No es fácil poner a una persona en su realidad al comienzo de esta y decirle: “lo que viene va a salir bien”. Porque a veces, el día o la situación no propician ese mensaje, o a uno no le interesa o no le importa que se lo digan. Creo que es el momento de colocar a los lunes en un nuevo lugar, para darle a las semanas un nuevo sentido.

En cualquier caso, y si sigues pensando que el lunes es el peor invento de la historia de la humanidad (por detrás del color naranja, por supuesto), no dudes en darle dislike a este post, o en su defecto, darle un lunes.

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Azar, lo llamáis

Al final, cada uno llama a las cosas como le parece. Y llamar a las cosas, para bien o para mal, es echar la culpa a algo.

Me cuesta imaginarme la idea de sonido sin vibración, o la de río sin agua, o la de agua sin lluvias. Me cuesta no echarle la culpa a algo para explicar lo que le sigue, como causante de aquella cosa, como responsable, como creador. Me cuesta no buscarle un sentido a todo: a los momentos, los gestos, los detalles. Una orientación o una razón de ser, y entender qué narices tengo que ver en aquello que me pasa.

Y justo cuando me lo pregunto, surgen las cosas que parecen no tener sentido. Surge el mensaje fortuito, la cara iluminada, la sonrisa de tonto. El tick de color azul, la boca entreabierta, miocardio a todo gas.

Y surgen, sin aparente explicación. Como ese encuentro inoportuno, como carta que llega sin esperarse, como fichas de dominó perfectamente alineadas, como caos programado para desafiarse. Pero lo llamáis azar, porque aterra pensar que algo así tenga un sentido, y porque ponerle nombre, en ocasiones, supone ponerle alas. Y nadie, nadie, sabe adonde puede llevarnos un par de alas.

Lo llamáis azar, porque da miedo estrechar lazos, por si cae la moneda del lado que no se espera, por el riesgo que conlleva, por arriesgarlo todo y poder quedarte sin nada. Pero llega y desafía probabilidades, dados y ruletas. Llegando a momentos donde la realidad no es más que un capítulo de cualquier novela, donde cada paso presume de genialidad, y donde tanto el drama como la fantasía superan cualquier idea en la mente de jóvenes poetas.

Me niego a pensar en el “por que sí”, para pensar en el “por algo”, buscando en el orden del desorden la belleza de las cosas. Hallando en esa sucesión de imposibles lo que busco. Y tratando de encontrar lo que me falta, me encuentro a mi mismo. 

Y encontrándote, me veo reflejado, viéndote en mi lugar, haciéndonos dos mitades distintas de lo mismo. Dos gotas unidas a distancia, sin saberlo. Trayectorias a la deriva que se unen en un lugar y momento exacto. No se vosotros: no es casualidad.

Pero lo llamáis azar. Yo lo llamo amor, carajo.

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Sin palabras

Parece ser que hemos terminado de escribir el diccionario. Hemos inventado palabras para todo. Nombres que poner a todos los colores posibles, a todas las especies, sonidos, inventos y partes de las cosas.

Tenemos palabras que hablan de lugares, de historia, de arte, de sexo, de política, de guerra, y hasta de las mismas palabras. Somos unos genios absolutos del lenguaje, y así nos lo creemos.

Y aún así no entiendo, por qué hay momentos en que no encuentramos palabras para expresar lo que sentimos. Llega la pérdida de alguien, y la palabra lágrimas, o cariño, o tiempo no son suficientes. Llega el fracaso, y las palabras proyectodesafíodecepción se quedan cortas. Y cuando llega el momento de mandar todo a la mierda, el mayor acto poético parece ser romper en pedazos el papel y dejar caer tanta letra sin sentido.

Me he vuelto loco tantas veces buscando entre hojas sucias palabras que no me corresponden. Me juran que serán las adecuadas y darán respuesta a lo que me pasa, pero me fallan una y otra vez. Pero yo, que sigo buscando la palabra adecuada, les doy otra oportunidad.

Y te busco a ti, entre hojas, poemas y servilletas. Te busco en sonetos y en canciones, en notas de vuelta a casa y mensajes de texto. Te busco en palabras imperfectas, en versos mal acabados. Te busco en el murmullo de la gente, juntando voces en el aire, llenando mis vacíos, y vaciando interiores después de tanto tiempo.

Aún así, cuando creo que he encontrado la palabra que me lleva a ti, te me escabulles, saltando a otro verso, cambiando de cuento y de canción, de verso a verso, y tiro porque me tocas, y cuando me tocas,

encuentro la palabra que buscaba.

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Ser borde es un deber

No se engañen: con este escrito no pretendo agradar, ni dar soluciones, ni decirles lo guapos/as (como se dice ahora) que se han levantado hoy. En la era del like fácil y el halago barato, ser borde no es sólo una obligación, sino también un acto de justicia.

Al borde se le conoce por su compasión, porque para serlo antes hay que ganárselo. Saber bajar los aires ajenos a la misma velocidad a la que subieron, porque sabe que los egos pesan, y lo que pesa, por lo general, molesta. Y para que le molesten otros, prefiere ser él el que lo haga.

Molestar es bueno: como molestaba Gandhi al gobierno, o Galileo a la iglesia, o la buena de Miley al colectivo de empresas de demolición. Molestar provoca cambios, y como mínimo replantearse el camino. Si esto no funciona, al menos nos echamos unas risas.

Porque para el borde, el cliente nunca lleva la razón, y es el otro el que no quiere que se la des. Aburrido de su monótona vida, daría lo que fuese porque le dijeras que su camisa es de lo más feo que has visto nunca, o bromear sobre su inteligencia, o su forma de andar, incluso cuando seas más guapo, más listo, o vistas mejor. El borde lo hace por ti, y como dije al comienzo, es compasivo y quiere hacerte replantearte las cosas. Al borde le interesa mucho muchísimo tu opinión, y así te lo demuestra y te lo agradece, al igual que el reportaje de fotos que subiste ayer a Facebook, o el artículo que escribiste en tu blog de mierda sobre gente borde: porque todo el mundo sabe lo interesantísimos que son.

El secreto de todo esto se encuentra en que el borde no va en serio. Ser borde las veinticuatro horas del día (incluidos fines de semana) sería agotador para una sola persona. En ocasiones al borde no se le nota la intención, y allí se encuentra su virtud: pasar desapercibido entre el mundanal ruido mientras propropaga su bien a escondidas, provocando los cambios más profundos que necesita esta sociedad.

Espero que hayas disfrutado bien poco de los dos minutos que has dedicado a leer este artículo. Tal vez así comiences a replantearte en qué pierdes el tiempo, y entonces, me lo agradezcas.

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Ilustración de Forges

Casa

No es fácil hablar del lugar donde se ha vivido. Porque significa hablar de uno mismo, y eso no es fácil. No es fácil hablar de los lugares que te cuidan, como madre que protege a sus hijos. Lugares que preparan a uno para lo que espera fuera.

Hablar de esta forma de un conjunto de paredes, suelos, puertas, ventanas y muebles podría denotar dos cosas: locura, o exceso de materialismo. Así sería, si una casa no fuese algo más que eso.

Una casa es un refugio ante el peligro, un lugar a donde acudir cuando lo demás falta. Es un lugar de descanso, donde se recuperan fuerzas cuando no se tienen. Es un lugar de aprendizaje, porque allí se dan los primeros pasos, y uno se prepara para dar los siguientes.

Una casa es un lugar al que volver: por aquellos que te esperan, por las risas que generan, por los buenos momentos, las charlas en las comidas, los juegos, películas, bromas. Por esas conversaciones que no se encuentran en ningún otro lugar, donde nadie espera nada de ti, donde las cosas se olvidan, donde los problemas son menores porque se dividen entre todos, y siempre queda una oportunidad (y nunca la última).

Lo curioso y a la vez contradictorio de una casa es que incluso cuando esta cambia: cuando cambia el lugar o la ciudad en la que vives, esta te acompaña. Las paredes pueden ser distintas, y también los vecinos, las tiendas a las que bajar a comprar el pan, y el camino de regreso,

Y estas cosas, las que permanecen, son las que realmente considero mi casa. Porque no se marchitan, porque quedan firmes. Porque necesitan también de mi, y eso me gusta.

Porque con ellas, todo “casa”.

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Estoy bien

Os sonará de las mejores películas de Hollywood, de las de gloriosas batallas, de las que cuentan los abuelos.

Me refiero a escenas que se ven fuera del celuloide. Me refiero a algo más cercano y personal: hablo de nosotros mismos.

Esa escena en la que el otro se acerca a ti y lanza la más fuerte artillería, disparando un “qué tal estas”, sonido que normalmente, golpea los cimientos de tu cuerpo haciéndolo tambalearse. Una parte de ti quiere liberar lo que hay dentro, mientras que la otra se niega a hacerlo. Sentimientos que sufren el Síndrome de Estocolmo de los que hace tiempo que no han salido.

Y ahí está el problema, cuando los sentimientos no salen y quedan recluidos en aquel patio que parecía bonito, con sus árboles y ese sol de cada mañana, pero que escondía la prisión de lo que se pudre cuando no sale. Hablo de los sufrimientos guardados, de los duelos no resueltos, de los remordimientos, de los juicios contra el otro que en vez de caer sobre la mesa se escondieron en uno mismo, afilándose como quien prepara la espada para el combate. Hablo también de los deseos, de aquello que se quiere pero por vergüenza no se dice, del amor escondido, de tantas palabras que se niegan a ocupar un lugar en el mundo, sin saber que lo que espera fuera es algo más grande.

En ese preciso instante te toca responder, porque suena extraño no dar respuesta y quedarse sin decir nada. Te toca responder, y tienes dos opciones.

La primera: la normal, la lógica, la que se suele decir, la que no cuesta pero destruye tantas veces, la corta, la sencilla pero que deja todo lo importante dentro. Si, me refiero al “estoy bien”.

No me opongo a ella, porque entiendo que hay veces en que es la respuesta adecuada, y que es necesario dejar reposar ciertos sentimientos y emociones. Porque no todo es para todos, y hay cosas que no se pueden contar a todo el mundo y en todo momento. Me opongo al cierre sistemático: a cerrar la boca por miedo a abrirte por dentro, un día tras otro, y así por siempre.

Aviso a navegantes: la segunda duele, pero no conozco a nadie que se niegue a ponerse a una inyección por el simple hecho de escocer, si sabe que de ella depende su vida.

Habéis acertado, me refiero a la opción difícil: la de abrir la mente en canal cuando el momento lo requiere, aunque cueste y después haga falta respirar. Me refiero a confesar los miedos, a decir al otro lo que sientes, a hablar de aquello que te preocupa, a no dar siempre la respuesta fácil.

Porque a veces resulta agotador tener que dar la talla en cada momento, como si nada nos destruyera, como si nada nos pasara.

Porque, creedme: aquel suburbio fuera de la zona de confort es un bonito lugar para vivir.

 

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Forges. 2007.