Esta entrada no es lo que era

Las cosas cambian con el tiempo, es ley de vida. Si algo no cambia, probablemente no exista (podríamos exceptuar la política española reciente o la estupidez humana, pero eso nos ocuparía una entrada entera).

Cambian las cosas de forma, cambia el dinero de manos y los astros de sitio. Cambia el tiempo, crecen las plantas, se estropean las máquinas,  se acaban las canciones y mueren las hojas. Despiertas una mañana, eres algo mayor, tu pelo ha crecido y sin dudarlo, tus ganas de dormir serán mayores que anoche al acostarte cuando dabas vueltas en la cama.

Hay cosas que cambian poco a poco, y otras que suceden sin esperarlo. En esos momentos, la vida no te regala los cinco minutos de cortesía que te da el despertador. Pierdes el trabajo, cambias de casa o aparece la enfermedad. Y llega el “quien me ha visto y quién me ve”, y arrancar una página en el cuaderno de ruta, y escapar sin destino siguiendo el camino de la veleta.

Siento decirte que se acaba eso de escuchar que “ha llegado a su destino”, porque el destino es el sitio del que partes, porque cambia en cada momento. Y la gente que dijo estar a tu lado se va, y vienen otros. Y esa persona que dijo estar contigo toda la vida se va tambien, dejando paso a algo distinto, tal vez mejor.

No pretendo decirte que haya cambios buenos y malos, deseables o indeseables, sino cambios aprovechables y otros que no. Ya decía Darwin que no sobrevive el más fuerte, sino aquel que sabe adaptarse al cambio. Porque el cambio alivia el aburrimiento, porque la vida sin movimiento resulta insoportable, y porque no quiero vivir lo mismo todos los días de mi vida. Porque quiero ilusionarme con encontrar novedad en cada momento.

Y de ese miedo irrefrenable al cambio he tratado tantas veces de atarlo todo, de evitarlo: de evitarme. Atarme al mástil de proa por miedo a las sirenas, guardar esa palabra por miedo a que todo cambiara y no lanzar gritos de protesta en defensa de algo mejor, porque creedme, a veces he encontrado placer en la absurda sensación de las cosas que no cambian.

De lo que sí estoy seguro, es de que no cambiaría por cualquiera. Cambiaría por quién me quiere como soy, por quien me acompaña, por quien no quiere que cambie, por quien me importa. Porque no hay mejor manera de vivir los cambios que junto a aquellos que saben cómo eres en el fondo, aunque cambies.

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El país en el que vivo

A veces pienso, aunque suene a paradoja, que el patriota no es profeta en su tierra. Creo que es posible amar un lugar aunque a veces no se porte como te gustaría, o se olvide de hacer los deberes, o te muestre su peor cara. Porque te dio la vida, te ha cuidado y te hace aquello que eres hoy. Por su historia, por sus costumbres, por ser como es.

Me gusta España. Me gusta la España de Garcilaso, la de Miguel Hernández y de Machado. De Séneca, de Dalí, de Nadal. También la España de Goya, de Ortega y de Picasso, de Averroes, de Sabina, de Servet, de Camarón o de Suárez.

Me gusta la España de Isabel, la de Pardo Bazán, y la de Teresa de Ávila. La de Elisa, de la Latina, la de María Zambrano, de Lina Morgan, la de Rosalía y por encima de todo, la  de aquellas mujeres que en la sombra hicieron tantísimo por el país en el que vivo.

Me gusta la España del Quijote, del toque por Fandangos, la Sevillana y la Jota. La tortilla, el aceite, el buen jamón en buena mesa, las croquetas de mi madre.

Me gusta la España de mis padres, amigos y hermanos. Y también, aunque a veces me pese, me gusta la España de mis abuelos. Creo que en un país nunca deben luchar hermanos contra hermanos, en nombre de nada ni de nadie y espero, que no volvamos a cometer tales errores. Me gusta la España que te abre los brazos, que te invita a volver, que te saca algo para picar cuando llegas de viaje. La España trabajadora, la que lleva a su familia adelante y no deja que nadie se quede atrás.

Me gusta una España tan rojigualda y a la vez de tantos colores. Me gusta que se respete mi opinión y pueda expresar lo que pienso sin que haya alguien que lo evite por el simple hecho de no gustarle. Donde se defienda la palabra, la cultura, el buen gusto, el buen arte y sobre todo el servicio a quien no tiene. Quiero aprovechar para lanzar un grito por esa España que me gusta y tantas veces no se respeta por intereses o porque no se cree importante. Estamos en un momento de la historia donde no podemos dejar de lado tantas realidades que entran dentro de la propia dignidad y vida de las personas: gente que no tiene para comer, que pierde su casa y trabajo, y gente que ve como sus súplicas se amontonan en la mesa de un juzgado.

Porque también me gustan los Españoles, y ¿porqué no?, también aquellos que no lo son, pero llegan y se sienten como tales. Porque España es choque de culturas. España es judía y es musulmana, se emociona con la Esperanza de Triana y sabe bailar chotis. Es canaria y mexicana, es china, y sí, también es catalana. España nace en Bogotá, en Santiago de Chile, en Haití, en Bucarest, en Lisboa, en Moscú, en Tánger y en Nueva Delhi. España es de aquellos que lo forman, y de aquellos que se van pero la tienen en su corazón.

España es Extremadura, y olé, porque no podía quedarme sin decirlo.

España me ha dado el Castellano, y el Castellano me ha dado estas palabras. Me gusta su sencillez, su hondura, su habla castiza, sus dialectos, su precisión, su amplitud, su belleza. Me ha dado el idioma de la fiesta, de la glosa, de la seguidilla, de la movida madrileña, de la Constitución, de Cervantes, de la Zarzuela, de Lope y de la Codorniz. El idioma de García Marquez, de Silvio, de Atahualpa, de Victor Jara, de Borges y de Cortazar. Porque el castellano sale de sus fronteras y cambia el mundo.

Por esto y por mucho más me enorgullece escribir sobre un país que unos llamaron “Tierra de Damanes”, otros “el Imperio donde nunca se pone el sol” y yo, simplemente me limito a llamarle “Casa”. ¡Y que Viva España!

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Imagen de NASA.gov

Puntos

Si hay un negocio que me ha llamado siempre la atención es sin lugar a duda el de las colecciones por fascículos. Ejemplares que se lanzan periódicamente por partes y al final dan lugar a una colección que, en la mayoría de ocasiones no se llega nunca a completar. No hay hogar que se precie que no cuente con al menos la primera entrega de cualquiera de estas míticas colecciones, compradas por impulso y a un módico precio: desde enciclopedias de historia hasta clásicos de la literatura, pasando por coches en miniatura.

Sucede que, tantas veces, las cosas nos llegan también de esta forma. Oportunidades bajo un escaparate a buen precio, promesas de algo mejor. Momentos a los que le pedimos la vida, quedando tantas veces insatisfechos, preguntándonos el porqué de estos. Al poco tiempo, como si de una nueva entrega se tratase, se presenta en el escaparate algo nuevo y que podría dar sentido a lo anterior. Eso sí, al igual que con el precio de las segundas y sucesivas entregas, la cosa suele llevar consigo un riesgo mayor, un atrevimiento que podemos o no estar dispuestos a llevar a cabo.

Pero ocurre que, tras un acontecimiento y otro, todo comienza a tener algo más de sentido. Y justamente eso es la felicidad: una suma de infinitos fascículos que llegan cada día como puntos que al unirse forman dibujos: constelaciones a las que llamamos vida.

Una canción, un momento con alguien, un encuentro inesperado, un buen libro, un buen plato o un abrazo. Por sí solos no son nada, o casi nada, pero dan lugar a las cosas que en esencia importan.

No conozco ninguna regla para saber si merece o no la pena completar una colección u otra, pero como por intentarlo no se muere nadie, unamos los puntos.

Ventanas

Abres dos ventanas y encuentro a lo lejos un mar infinito. Pasan los barcos y siguen la luz que dejas, sobre un mar embravecido anuncias la calma. Te siguen, buscando tierra firme, llegando algunas veces, y otras al desastre. Llegan unos cargados de tesoros, otros terminan un largo viaje, y otros, simplemente, vagan a la deriva de lo que no tiene mucho sentido.

A tu lado pasan gaviotas y corre el aire, un sol radiante que choca con dos vidrieras que te protegen, dos cortinas, y un universo por cada una.

Cuenta la leyenda, que algunas veces, cuando el pasado se te acerca por delante y te recuerda tantas cosas, tus vidrieras se tiñen de rojo, y dos cataratas caen con fuerza de lo alto de la torre. Hay quien dice que a veces los faros te llevan a sitios equivocados, pero ¿qué importa eso cuando no tienes un destino decidido?

Entonces cuando cae la noche, sacas la luz que llevabas dentro, y pestañeas. Un haz que indica, en la tormenta, un buen lugar para perderse. Dejo mi barco, y subo por tu cuerpo, más arriba, y más arriba, y más arriba, sin pensarlo. Miro fijamente las dos ventanas, y dos vidrieras, y las abro. Pestañeas, mantengo la vista, ciego me asomo y me doy cuenta de que no me equivocaba. Me asomo más y más, para ver lo que tu ves, y más cerca, y más cerca…

…y caigo por la ventana.

Querido Septiembre

Llegas por sorpresa y reconozco que no sé si darte la mano o la espalda, pero llegas, y es algo que no puedo evitar. Llegas, y entre tanta prisa me limpio la arena de los pies, sacudo mis zapatos, arranco un trozo de piel al calendario y despido a Agosto con un “vuelve cuando quieras”.

Eres el mes en que comienza el año: un lunes a mitad de semana. Tras de ti quedan veranos de cambios, de sueños cumplidos y otros no tanto. Veranos de tardes en la playa y noches en el cielo, quemado por el sol y la ausencia de tantas cosas que nos prometieron.

Debo reconocer que el simple hecho de verte me infunde respeto. Te veo tan sólo un mes al año y no sé si habrás cambiado, ni qué te traes entre manos. Me dan miedo los pasos que marcas, y me animan las puertas que abres. Caras nuevas y nuevos vacíos, otros lugares y tantos escondites. Nuevas canciones y fuertes silencios. No sé qué tienes, Septiembre.

Hagamos un trato. Yo no espero nada de tí, limítate a sorprenderme y limpiemos tu mala fama, sin propósitos ni tantas tonterías que inventamos cuando hablamos de cosas que  sabemos que no vamos a hacer nunca. Con algo de suerte tal vez nos llevemos bien.

Querido Septiembre, no sé que me tienes preparado. Seguro que algo nuevo, algo distinto, algo grande, y con la gracia de siempre. Y que venga tras de ti lo que quiera venir. 

Querido Septiembre, no me defraudes.

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Esta entrada no existe

Si estás leyendo esto te doy la enhorabuena, eres de esos que cree las cosas sin verlas. Te has cruzado con este enlace, cuyo título no hacía más que negarse a si mismo. No había demasiada dificultad, tan sólo cuatro letras: “esta entrada no existe” y un mensaje realmente fácil de comprender. Pero a pesar de que tu sentido de la vista y tu razón te decían lo contrario, hay algo que te ha llevado a perder el tiempo hasta el punto de estar leyéndome en este instante.

Para no asustarte prefiero confesarte que no eres el único. El ser humano tiene la capacidad de ver más allá de su lógica y sentidos, de imaginar mundos que nunca ha visto y, en definitiva, de crear algo nuevo. Por eso aprendimos a ver fuego donde otros veían madera, o edificios donde otros veían piedra, o música donde otros veían cuerdas, o poesía donde otros veían un folio en blanco. Hemos sido capaces de sobrepasar aquello que nos decía la lógica y limitarnos a sentir, soñar, y así defender aquello en lo que realmente creemos, aunque lleguen tantos otros a decirnos lo contrario.

Gracias a ello luchamos por tantos ideales y derechos que parecieron inexistentes tiempo atrás pero afloran gracias a locos como tú, que prefieres pensar fuera de la caja y limitarte a creer en algo simplemente porque lo sientes y has experimentado así. Por cosas como esta la gente comete locuras, se enamora, crea arte o recorre el globo para conseguir mundos mejores. Por esto tenemos Internet, rascacielos e incluso Rock&Roll: por escapar del muro y comenzar a vivir.

Agradezco tu acto de confianza al no hacer caso a lo que dije al principio y descubrir que había algo de realidad más allá de cualquier cosa que un escritor barato como yo te haya podido decir. Recuerda que ese tipo de personas son las cambian las cosas, nos impulsan y nos llevan adelante.

Aquellas personas que, como dijo una vez el gigante de la manzana: piensan diferente.

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Verano

Caen calendarios, recuerdos y olas. Termómetros al rojo vivo, parejas que se rompen, amores de verano. Operación salida a ninguna parte. Se llenan las playas, piscinas y parques, vacían corazones y cuentas corrientes, arreglo mis cosas.

Se asfixian por dentro centros comerciales vendiendo bikinis que no harán milagros, y dietas fantasma, gimnasios repletos, tarjetas de crédito y ojos vendados. Rezando al dios Sol se agolpan en fila bajo mil sombrillas familias enteras, parejas perdidas y tribus de arena. La crema solar que se queda en casa y condena a la piel a pena capital.

En los chiringuitos rumor de cristales, pescado y cerveza, al fondo un pareo que quién lo tuviera, a sombra ceñido y piel a dos velas. Reencuentros de siempre, noches con espuma, viento de poniente, paseos por la orilla, carrete de fotos y aquella nevera. Escupen aviones tantos aeropuertos y friegan los suelos en la terminal. Abrazos y lágrimas surcan los cielos y foto en la Torre Eiffel de principal.

Suena la música, hasta que el cuerpo aguante, canción del verano, posado real. Y en las noticias la misma basura que nos hace olvidar que no hay vacaciones para todos por igual.

Es verano,  y como cada año, yo sigo esperando que vuelvas.

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